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Columna publicada el 24-04-2002
No es la primera vez que ocurre. Es más, la historia se vuelve a repetir. La experiencia indica que José María Aznar se crece en las segundas partes de las legislaturas. Y ahora, la teoría se confirma.
El Gobierno de Aznar empezó esta segunda legislatura, la de la mayoría absoluta, con más pena que gloria. Un ramillete de problemas, aparentemente secundarios, bloquearon a un Ejecutivo sin resortes ni capacidad de reacción y con una deficiente política informativa. Todavía recordamos polémicas como la del “submarino amarillo”, las “vacas locas” o el “uranio empobrecido”. Luego llegó ya el primer escándalo serio: el “caso Gescartera”. Con este panorama, el Ejecutivo se dejaba comer por las circunstancias y demostraba una deficiente gestión ante los problemas. Tuvo un triste arranque con un claro complejo de “mayoría absoluta”.
Este inicio era muy parecido al de la primera legislatura. En aquella ocasión, la inexperiencia del estreno y la necesidad vital de apoyarse en los nacionalistas hicieron que los errores tuvieran una cierta justificación. Con la mayoría absoluta no había motivos para esa presión externa, por lo que todos esperábamos soltura, fortaleza y nitidez a la hora de cumplir el programa electoral. Nada más lejos de la realidad. Nervios, bisoñez y errores encadenados. Esos eran los condimentos diarios de un Ejecutivo desorientado. Las últimas entregas de la inoperancia mencionada han sido las polémicas provocadas por ellos mismos sobre el ficticio viaje de González a Marruecos o la sustitución de Javier Solana en un programa de TVE.
Pero otra vez, de repente, cuando menos se esperaba, el presidente Aznar ha vuelto a apretar el acelerador. Un buen paquete de ofertas, propuestas y proyectos han dejado fuera de juego a una oposición descolocada y ha enseñado la “cara buena” de este Gobierno. Pero cuando Aznar acelera, sus propios ministros se quedan rezagados. Al presidente le vuelve a ocurrir lo que ya le pasó en la primera legislatura: en el momento crucial, su Gobierno no responde. Es quizá por esto que se hace urgente una remodelación del Ejecutivo. Aznar necesita un equipo fuerte, contundente y de carga política. Sobran los aficionados y también algunos “pelotas”. Así pues, no es de extrañar que el “run-run” que se está escuchando tenga fundamento. Dicen que la esperada crisis de Gobierno podría ejecutarse antes del verano para que a la vuelta de las vacaciones todo el mundo esté ya en su sitio dispuesto a afrontar la recta final de la legislatura.
Aznar va de menos a más y acaba de cambiar de ritmo. Habremos de estar muy atentos para observar quién de los suyos se queda descolgado. En realidad, ya se percibe que no todos los ministros están aguantando el tirón. Algunos se están quedando muy lejos de la cabeza. El ritmo es fuerte y todavía queda camino. Si Aznar quiere respuestas de los suyos parece inevitable que remodele el Gobierno. Y más, si tenemos en cuenta que la sucesión está ya a la vuelta de la esquina.

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