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Columna publicada el 14-11-2002
El intento de reacción que desde el Partido Popular están promoviendo desde hace unas semanas está dejando en evidencia las verdaderas disfunciones internas. Esta reacción vinculada a tres nombres topónimos –Trujillo, Ávila y Málaga– ha enseñado a quien haya querido reparar en ello los ritmos bien diferentes que se están marcando desde la calle Génova y desde el Palacio de la Moncloa, cuando por pura estrategia deberían ir de la mano.
En esta última temporada, está ocurriendo un fenómeno de complicada explicación. Por un lado, el Gobierno de Aznar, como el guión obliga, es quien esta realizando la gestión; pero es el partido el que tiene que vender esa gestión por la propia incapacidad del Ejecutivo de ofrecer un mensaje atractivo sobre sus propios logros. En estos momentos es el partido y no el Gobierno el que esta llevando la iniciativa política. Mientras muchos de los ministros ofrecen un imagen lamentable de cierto amodorramiento, en el PP se han puesto las pilas sabiendo que nos encontramos en un momento decisivo del calendario electoral. Pero curiosamente dos actitudes que deberían ser complementarias, se están convirtiendo en contradictorias.
El Partido Popular, con más o menos acierto, está marcando con su sello el contrataque de un Gobierno que sigue desaparecido en combate. Ocurrió en Trujillo, donde la pauta la marcó Jaime Mayor Oreja; en Ávila, donde Aznar recogió el mensaje de Mayor, continuó la misma tónica y se cerró en Málaga, donde el Presidente remarcó el papel del Partido Popular frente al Partido Socialista. Como ven, mucho PP y poco Gobierno. En estos momentos de reacción frente al efectismo socialista, en estos momentos de búsqueda de la iniciativa perdida, es el partido y no el Gobierno quien está llevando la voz cantante frente a los golpes socialistas.
¿Razones? Podemos encontrar varias, pero hay una clara. Desde hace semanas, Mariano Rajoy y Rodrigo Rato permenecen agazapados tras la prudencia, con la intención de que el desgaste de gobernar les afecte lo menos posible. En cambio, Jaime Mayor Oreja se encuentra más libre de las mismas ataduras al no estar hipotecado por la gestión de Gobierno. El que fuera ministro del Interior actúa, en ese sentido, con una mayor capacidad de movimiento frente a sus competidores a la sucesión, marcados por los constantes cambios de opinión del Ejecutivo.
En todo caso, no deja de ser llamativo que en pleno fragor de la mayoría absoluta, en pleno ofensiva electoral de los populares, el Gobierno tenga que pasar a un segundo plano como resultado de su pasividad. El discurso político del partido en el poder está fundamentado en esto momentos más en su trayectoria pasada de credibilidad, que en la fiabilidad que podría ofrecer una saludable gestión de Gobierno. Cada uno va por su lado, cuando quien debería tirar del carro es el Ejecutivo.

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