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Columna publicada el 11-05-2005
El primer Debate sobre el estado de la Nación no ha defraudado; es más, ha sido muy útil para clarificar la realidad política del presidente del Gobierno. Después de un año en el Palacio de la Moncloa, Rodríguez Zapatero ha utilizado este Debate para entrar por la puerta grande en el más bananero de los populismos. Y el populismo –es conveniente no olvidarlo– es mentira, es manipulación, es dialéctica barata, es cambiar la historia, es negociar bajo cuerda, es ceder a cambio de seguir en el poder, es destruir al adversario parlamentario, es hacer política desde el sectarismo y el partidismo, es, en definitiva, aprovecharse de la democracia.
Zapatero ha abandonado, sin pudor, cualquier compostura para plantarse, sin reservas, en una dialéctica peligrosa de un presidente que se siente iluminado y en posesión de la verdad. El presidente del Gobierno ha afrontado el debate con en líder de la oposición de la única forma posible para defender una gestión paupérrima e indefendible. Zapatero desde el primer momento ha entrado en una dinámica de ataque permanente al Partido Popular, en un papel de oposición más que de jefe del Ejecutivo.
En una intervención sin precedentes en alguien que tiene que hablar de su gestión y no de la ajena, Zapatero ha calificado al PP de irresponsable en la lucha contra el terrorismo, ha acusado a los Gobiernos de Aznar de trucar las cuentas del Estado, ha añadido que utilizaban el dinero público para el autobombo, ha catalogado de dibujos en el aire el plan de infraestructuras del anterior Gobierno y rematado estos calificativos del talante hablando del PP como un partido de propaganda y palabrería.
Eso sí, a la hora de referirse al primer año en el poder, el jefe del Ejecutivo se ha limitado a defender al infausto Peces Barba, ha tenido el cuajo de decir que se ha acabado la televisión de partido o ha alabado la inexistente labor de la ministra de la Vivienda. Eso sí, ni una palabra concreta sobre el nuevo sistema de financiación, la reforma de los Estatutos o los pactos bajo cuerda con el nacionalismo y el terrorismo. Ninguna palabra que justifique la laminación del Pacto Antiterrorista o la Ley de Partidos.
El presidente del Gobierno se ha encontrado de bruces con sus muchas limitaciones, con sus incontables mentiras y con sus falacias permanentes. Una realidad política que ha quedado al descubierto –con más claridad– gracias a la intervención de Mariano Rajoy.
El presidente del Partido Popular ha estado brillante desde el primer momento, no ha bajado la guardia en ningún instante, ha utilizado todos los argumentos políticos posibles y ha dejado al descubierto todas las miserias del Gobierno actual. Rajoy ha hecho un debate inteligente, claro y determinante. Y ha evitado caer en la trampa que Zapatero ha intentado utilizar al dormir el cara a cara. Rajoy –sabiendo que el presidente siempre tiene las de ganar por cerrar el enfrentamiento– ha respondido a las expectativas. Lo ha hecho con solidez, con soltura, con credibilidad y con claridad. Pero lo más importante es que el líder de la oposición ha demostrado tener principios y honradez; Zapatero –por su parte– parece no conocer ninguno de los principios.

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