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Columna publicada el 23-01-2003
La crisis en la que está inmerso el Partido Popular de Galicia era una crisis cantada desde hace mucho tiempo. La falta de decisión de la dirección nacional para afrontar la renovación de una estructura interna, como la del PP gallego, anclada en el pasado, es lo que está propiciando estos primeros síntomas de crisis interna. La dimisión de José Cuiña es lo que en apariencia está provocando esta situción actual. Pero la realidad es que la dimisión de Cuiña ha sido sólo un detonante que ha provocado que toda la tormenta de fondo, que llevaba muchos años amenazando, aparezca en la superficie con fuerza.
El PP de Galicia ha funcionado, y funciona todavía hoy, como ninguna otra organización territorial de los populares. En el PP gallego se respetan las viejas parcelas de poder, se catalogan como intocables a algunos nombres históricos y nadie se atreve a romper con una maquinaria de control político que rechina por muchos lados. El PP gallego ha sido el problema y el éxito para el PP nacional. Aportan muchos votos, a cambio de distanciarse en los esquemas generales de organización y funcionamiento. A cambio de ganar en las urnas, han conseguido una cierta libertad para mantener estructuras inmovilistas y personalistas.
Ciertamente, Manuel Fraga, presidente de la Xunta gallega, se ha mantenido siempre al margen de estos movimientos subterráneos e internos de los populares gallegos. Fraga ha sobrevolado la situación con categoría política y personal al margen de los políticos segundones. El problema ha sido otro. Muchos que tienen una deficiente y limitada carrera política se han creído el centro de la historia. Y ahí han comenzado las turbulencias. Muchos que han recibido la confianza de don Manuel le han traicionado, muchos que son algo en la política gracias a don Manuel se han creído que podían hacer la guerra por su cuenta, muchos que han crecido políticamente a la sombra de las mayorías absolutas de Fraga se han convencido de que ellos tienen capacidad de ir por libre. Todas estas actitudes son las que han ido minando los cimientos del partido desde hace tiempo. Y ahora, cuando afloran públicamente los problemas internos, la situación está muy deteriorada.
El Partido Popular de Galicia es un fenómeno diferente, y como tal hay que abordarlo. La contundencia de las mayorías de Fraga se deben sin duda a su persona. El PP de Galicia está donde está gracias a don Manuel. Pero junto a eso habrá que decir que cuando el presidente-fundador del PP anunció, en su momento, que la presente era la última legislatura, el PP nacional tendría haber iniciado un sólido proceso de sucesión. En Galicia, la sucesión va a ser especialmente complicada. La personalidad de Fraga es muy fuerte y los repartos de poder son realmente indescifrables. El PP gallego necesita un lider fuerte y definido. Comprometido con su tierra y con la suficiente valentía para reorganizar un partido que lleva muchos años instalado en el poder.
Y en todo esto tiene algo que decir el PP nacional. Mala cosa sería que los dirigentes gallegos del Partido Popular perdieran de vista que pertenecen a una organización nacional. La dirección nacional no debe "mangonear", pero debe "ayudar" a solucionar la crisis. Si los populares gallegos pierden de vista esa dimensión nacional de su formación, estarían perdiendo una de sus diferencias más significativas respecto al Partido Socialista. El futuro del PP de Galicia es responsabilidad de la dirección nacional. Y por el momento hay algunos, con apellidos gallego, que se esconden. Si no acierta en Galicia, no lo duden, lo notará en las urnas. La sucesión gallega es una verdadera prueba de fuego para el Partido Popular.

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