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Columna publicada el 23-04-2002
El puesto de secretario de Estado de Hacienda se ha convertido en una auténtica “silla eléctrica” para el Gobierno del Partido Popular. Primero fue Enrique Giménez-Reyna. Ahora, Estanislao Rodríguez Ponga. Ambos han pasado por el disparadero judicial mientras ocupaban ese puesto de relevancia. Los dos casos son radicalmente distintos, pero sus protagonistas han acabado en la picota más por su trayectoria extra-ministerial que por su trabajo en la Secretaría de Estado; aunque en el caso de Giménez-Reyna todavía está por aclararse.
Lo que sí parece evidente es que Cristóbal Montoro ha fallado en la elección de sus más estrechos colaboradores. Con el agravante de que estamos hablando del secretario de Estado de Hacienda, un puesto político que nos afecta a todos los ciudadanos, y más en plena temporada de declaración de la Renta. Ciertamente, Cristóbal Montoro no ha demostrado tener un especial “ojo clínico”, y no estaría de más que de una vez por todas aprenda a la hora de elegir a personas en puestos tan comprometidos. No es suficiente ser bueno, también hay que parecerlo. Y lo que es más importante: antes de elevar un nombramiento de esta categoría al Consejo de Ministros se debe estudiar con detenimiento el currículum del candidato elegido.
Por lo que parece, no es suficiente tener una fidelidad más o menos demostrada al “proyecto popular”, ni tener buenas cartas de recomendación en los despachos monclovitas o haber atesorado una gestión más o menos eficaz. Es necesario estudiar el pasado y el presente. Y los hechos demuestran que Cristóbal Montoro ha reincidido en el mismo defecto, ha cometido el mismo error de forma consecutiva, ha tropezado en la misma estrategia equivocada. Nos encontramos ante un auténtico récord: en menos de un año, dos secretarios de Estado de Hacienda se han visto salpicados por escándalos, de distinto origen, pero que dañan de la misma forma la credibilidad del Gobierno en una parcela de sensibilidad, como lo es la Hacienda pública.
Montoro ha tropezado dos veces en la misma piedra. Y no estaría de más que reconociera públicamente su error. Es cierto que él no puede ser el guardián de sus colaboradores, pero la cuestión se debe plantear. El ministro de Hacienda deberá rodearse de personas a prueba de bomba en su gestión de gobierno, pero también en su trayectoria profesional. No estamos hablando de mala suerte. No pueden excusarse en afirmaciones como: “esto es la vida misma”. Ni siquiera podrá decirse que Giménez-Reyna fue una herencia de Rodrigo Rato.
El mismo Partido Popular que desde el primer momento utilizó la regeneración política como su gran bandera y reclamo, deberá ser consecuente hasta el final. Después de que el propio presidente del Gobierno haya dado un ejemplo de coherencia a la hora de ejecutar hasta el final la promesa de su retirada política, no es de recibo que desde el Ejecutivo se despejen balones. Cuando se comete un error, se reconoce y no pasa nada. El mejor gesto que puede hacer un gobierno, y en este caso un ministro, es dar la cara. Sirve para recuperar la credibilidad ante los ciudadanos. Esperemos que esta vez lo hagan así.

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