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Columna publicada el 03-07-2004
¿Donde esta la autocrítica? ¿Donde está, que nadie la encuentra entre las filas socialistas? ¿No existe o es que la han escondido? Después de escuchar los sesenta y cinco minutos del informe de gestión de Rodríguez Zapatero en la primera jornada del Congreso socialista, la pregunta nos asalta de inmediato: si hay tanta prepotencia después de dos meses y medio de Gobierno, ¿qué pasará dentro de un año? Hay quién puede decir que después de ganar una elecciones generales al primer intento es lógico el entusiasmo del actual presidente del Gobierno; pero la contradicción aparece cuando el propio Zapatero ha situado la autocrítica como uno de los fundamentos políticos de su gestión y a la primera de cambio lo entierra como si nada.
El informe de gestión del actual secretario general del PSOE ha roto todos los moldes previsibles. Lejos de la seriedad, de la prudencia y de la ecuanimidad habituales en estas intervenciones congresuales, Zapatero ha optado por un discurso triunfalista al máximo, arrogante en muchos de los pasajes, aguerrido cuando no atroz con el Partido Popular y con momentos de pura demagogia mitinera y populista. De acuerdo que en un Congreso de cualquier partido político sus líderes buscan razones para la arenga más o menos entusiasta; pero en esta ocasión Zapatero ha dejado de lado cualquier formalismo sacando del baúl de la dialéctica argumentos rastreros o afirmaciones ciertamente prepotentes. El presidente del Gobierno se ha pasado de entusiasmo, está encantado de haberse conocido y con el panorama que tiene en su propio Gobierno no parece que sea una actitud muy objetiva.
El presidente del Gobierno puede haber calculado mal la estrategia. Es verdad que necesita en estos momentos el respaldo total de su partido. Sabe de sobra que ahora es el momento de buscar ese apoyo, puesto que el desgaste del poder comenzará a llegar en cualquier momento. Zapatero ha ido a este Congreso en busca de un cierre de filas, pero no ha medido sus efectos. Tanto entusiasmo, tanta maravilla termina pasando factura. Zapatero ha dibujado ante los delegados del Congreso federal un mundo feliz irreal e inexistente. Ha roto de cuajo con uno de sus teóricos principios de estar siempre atento a los propios errores. Este es su verdadero talante, el talante del triunfalismo.

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