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Columna publicada el 15-10-2003
Ya lo tienen aquí, recién llegado de México, recién llegado de sus negocios e influencias; Felipe González irrumpe en escena para insultar, para atacar y para utilizar la verborrea más chabacana que se conoce a un político que ha ocupado los puestos de responsabilidad que él ha ocupado. Ya lo ven, el que fuera presidente del Gobierno de España, metido ahora a lobbista de la política, dando lecciones a todos de dónde empieza y termina la democracia española. El es Felipe González, definitivamente un ejemplar único de la política española; ejemplar único y esperemos que irrepetible, por la cuenta que nos trae.
Cada vez que habla en público Felipe González es una vuelta a los viejos tiempos de la corrupción y del GAL, de los amigotes y del pelotazo; pero sobre todo es la vuelta a un estilo de política olvidada. Escuchar a González es viajar en el túnel del tiempo a una época donde la política española tenía un tufillo bananero muy poco edificante. Han pasado ocho años desde aquello, y parece una auténtica eternidad. Para bien de todos, es una época olvidada y bien olvidada, aunque Felipe siga empeñado en que nos acordemos de él.
González, que se cree el paradigma de la democracia, va entregando certificados de demócratas y de anti-demócratas a unos y a otros. Y por lo que estamos viendo, ocho años después, Felipe sigue sin asimilar la derrota del 96. La herida de la soberbia sangra y lo hace todavía a borbotones. El ex-presidente socialista arremete contra Aznar, y lo hace de forma chusca ¿Quién es González para catalogar a Aznar de extrema-derecha? ¿No se dará cuenta de que hacerlo es calificar de la misma forma a los diez millones de votantes que en las últimas elecciones obtuvo el Partido Popular?
La verdad es que la situación que atraviesa el Partido Socialista es muy preocupante. Los que están ahora al frente del partido viven ahogados por su inoperancia y su ineptitud; los que estuvieron hace ocho años viven atormentados por sus propios errores que son incapaces de superar. Unos y otros están cada vez más fuera de juego, con un agravante: taponan cualquier regeneración interna en el Partido Socialista. Felipe y Zapatero son dos barcos políticos cada vez más inestables, cada vez más perdidos, cada vez más hundidos.

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