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Columna publicada el 29-01-2002
La resaca del Congreso del PP continua dejándonos algunas aportaciones que no deberían pasar inadvertidas. Quizá las más llamativas e importantes sean las repetidas referencias que hizo Aznar el sábado a la llamada “generación de Sevilla”: aquel grupo de políticos, entonces jóvenes, que sirvieron de puente entre la Alianza Popular de Manuel Fraga y el nuevo Partido Popular de José María Aznar. Francisco Álvarez Cascos, Federico Trillo, Loyola de Palacio o Rodrigo Rato son nombres propios de una generación que abrió el camino al poder para el PP. Todos ellos han permanecido fieles a José María Aznar en los momentos malos, como fue el “caso Naseiro” o la derrota en las elecciones del 93, y también en los momentos buenos, como las elecciones del 96 o la mayoría absoluta de 2000.
De esa generación destaca como característica fundamental que todos ellos han sabido perdonar, “tragar” y aguantar durante mucho tiempo, sabedores de que apostar por un líder concreto requería sacrificios en el terreno del personalismo. Una de las cuestiones que ya está en el olvido pero que en su momento fue decisiva, es la paciencia que la “generación de Sevilla” supo exteriorizar cuando irrumpió en Madrid el llamado “clan de Valladolid”: un grupo de jóvenes que venía con Aznar desde la Presidencia de Castilla-León, que había crecido a su sombra política y que despreciaba las estructuras del partido. Aquella generación conocía bien el terreno, sabía que la política es de largo recorrido y que los fogonazos del primer momento son fácilmente superados con la batalla constante y perseverante. El tiempo les ha dado la razón.
Cuando falta sólo un año y medio para que el ciclo político de Aznar se extinga por voluntad propia, muchos de ellos no han pasado del escalafón de la Secretaría de Estado, mientras que los primeros, los de Sevilla, han ocupado ya importantes Ministerios en el Gobierno de Aznar. Esta lección política quiso desempolvarla el propio Aznar el pasado sábado, cuando puso como ejemplo para los jóvenes del PP a aquellos que en Sevilla supieron echar tierra encima de las familias y divisiones, apoyando a un líder por encima de apetencias personales. Esa afirmación no fue precisamente caprichosa. El presidente Aznar es consciente de que el gran peligro que tiene el PP en el proceso de sucesión no es la elección correcta del próximo cabeza de cartel, un asunto que tiene unas alternativas limitadas, sino la división interna.
Antes de la elección puede haber opiniones diversas, pero después deberá haber unidad. Cualquier voz que se escuche de queja, de crítica, de amargura una vez que haya sido elegido el nuevo líder del PP podría suponer la vuelta a los viejos tiempos de luchas intestinas, de peleas mezquinas y de enfrentamientos rastreros. Y mientras siga el PP en el poder –y tiene cuerda para rato–, eso no será demasiado grave. Pero cuando pasen a la oposición, puede ser la debacle. Por todo esto, el estilo de la “generación de Sevilla” se puede considerar uno de los cimientos básicos del testamento político de José María Aznar. Revolver viejas batallas en busca de poder y protagonismo sólo puede provocar una crisis interna en el Partido Popular. Aznar lo sabe y por eso ha recordado a los “nuevos” que aquello es ya patrimonio del partido. Por algo será.
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