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Columna publicada el 06-11-2001
En el PP se comienza a respirar con alivio. Después de meses de tensiones y recibiendo por todas partes, los populares perciben un cierto sosiego en plena batalla, recobran algo de tranquilidad entre trifulca y trifulca. Aunque los más realistas sugieren que no estamos más que en un momento de bonanza pasajera en plena tormenta. Una tormenta que no ha terminado. No faltan los que con una fuerte dosis de optimismo, prefieren apostar por la falta de realismo, y predican ya a los cuatro vientos que la crisis ha pasado. Explican que el golpe de Gescartera ha sido parado, que el Gobierno recupera el pulso, que el presidente recoge los frutos del trabajo en los foros internacionales y que el PP vuelve donde solía. En fín, que todo es de color de rosa, a la espera del Congreso del próximo mes de enero.
Hay otros, también dentro del PP, que, más prudentes, pisan tierra. Son conscientes de que las cosas han cambiado, pero han cambiado poco. Estos son los que reconocen que el escándalo Gescartera no se ha cerrado correctamente, que Rodrigo Rato ha salido tocado seriamente, y que el PP no ha sabido aplicar el mismo rasero que pedía y exigía cuando estaba en la oposición. El único aspecto positivo, añaden, que ha proporcionado a los populares este caso de corrupción, ha sido constatar la torpeza y la nulidad de un Partido Socialista, una oposición que parecía más fiera en la imaginación que en la realidad.
Los que se sitúan detrás de la etiqueta de prudentes, reconocen que el Gobierno no ha mejorado, que necesita cambios y que hay Ministerios que no existen más allá del nombre. Confiesan que esperaban una crisis de Gobierno en septiembre, y que esa necesidad de renovación sigue estando vigente. Además, piensan que la ausencia de sucesor mantiene una crisis abierta que el PP va a seguir pagando internamente, desde un punto de vista político, hasta que Aznar anuncie el nombre de su sucesor. En todo caso, unos y otros piensan que el presidente del Gobierno está recobrando un ánimo que externamente había perdido desde antes del verano.
Pero ¡ojo!, que nadie se engañe. Los nuevos ánimos de José María Aznar no tienen que significar obligatoriamente que el presidente se olvide de lo ocurrido. Precisamente, ahora puede ser el momento. El estilo "Aznar" no falla, cuando menos se espera puede dar el golpe, puede provocar la crisis de Gobierno. Ahora que nadie lo espera, ahora que muchos respiran aliviados por no estar en el centro de las polémicas políticas, puede ser el momento escogido por Aznar. Las sorpresas no las suele dar en plena tormenta, sino en los momentos de tranquilidad. Y Aznar parece que vuelve a sonreír. El gesto es muy significativo, y por lo menos sugiere que no se puede descartar nada.

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