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La concentración de las víctimas del terrorismo este sábado en Madrid ha vuelto a poner de los nervios a todo el entramado propagandístico del Ejecutivo. Han sido tres años de persecución gubernamental a las víctimas del terrorismo. Tres años de ataques y de mentiras.
La estrategia se repite una y otra vez. En cuanto la voz de las víctimas del terrorismo estorba la buena marcha del proceso de rendición, la reacción es inmediata. Pulsan el botón del encendido y toda su maquinaria comienza a ahogar en ruido y descalificaciones tanto a las víctimas como a los millones de españoles que estamos con ellas, a quienes inmediatamente sitúan en una extrema derecha que sólo existe en las mentes enfermas de aquellos que entienden la política como el resultado de la imposición del pensamiento único.
La trompetería mediática del Gobierno tiene muchos nombres propios, varias cabeceras, casi todas las televisiones y unas cuantas cadenas de radio. En todas ellas se repite lo mismo, se exponen argumentos similares y se obedecen las mismas órdenes políticas. Buscando mucho, pueden encontrarse un uso distinto de los adjetivos, una mayor o menor crudeza en la transmisión de consignas y grados distintos de desvergüenza. Sin embargo, son tan nimias esas diferencias que todo acaba sonando igual, a la misma música repleta de ignominia, ira, rencor y bilis. Se inventan cargos inexistentes contra las víctimas para desviar la atención sobre sus propias debilidades, para evitarse defender de lo que no tiene defensa. Que volvieran todos al ataque con tal virulencia sobre una excusa tan falsa y, de ser cierta, tan hipócrita –pues procede de los mismos que justificaban la manifestación del Gobierno vasco contra el TSJPV–, y que ahora haya quien continúe la arremetida despreciando la inteligencia de una víctima por ser madre de familia sólo puede interpretarse como la reacción típica de quien necesita agarrarse a un clavo ardiendo para justificar lo injustificable.
¿Y que es eso tan indefendible? Pues simplemente que, para Zapatero, el atentado de Barajas ha resultado ser un mero accidente. El proceso de rendición continúa con el necesario blanqueo previo de los terroristas, que se acelera para poder recuperar cuanto antes el ritmo perdido. El domingo, el batasuno Otegi dijo que el Estado español no debería pagar precio político en ese proceso de rendición, al mismo tiempo que volvía a reclamar ese precio en forma de Navarra y autodeterminación, y le ha faltado tiempo a Zapatero para decir que percibe un cambio en el portavoz batasuno.
En definitiva, mientras las víctimas del terrorismo, y con ellas los millones de españoles que las apoyan, se llevan los palos por manifestarse, Otegi dice una cosa y la contraria y el Gobierno se apresura en aplaudir al portavoz de esa parte del entramado etarra. Esa es la realidad, esa es la dureza de la verdad. Por eso la trompetería del Gobierno tiene que sonar tan alto, para que las vergüenzas de Zapatero se puedan amortiguar con el sonido de la propaganda. Algo, por cierto, que ni de esa forma lo consiguen.

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