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Columna publicada el 07-11-2001
El nuevo asesinato de la banda terrorista ETA, nos devuelve a la dura realidad del terrorismo. Pero también nos sitúa ante una certeza política: ETA está peor que nunca, ETA vive a la desesperada, ETA se encuentra acorralada. La situación de la banda terrorista es crítica, pero se agarra como puede a una tabla de salvación permanente que le brinda el nacionalismo vasco. La ambigüedad, el doble lenguaje, el mensaje equívoco y unos objetivos difusos son los componentes de la estrategia nacionalista que sirven de cobertura para la actividad terrorista.
Es una realidad que el PNV se muestra condescendiente en objetivos y en actitudes con los radicales, mientras que con los partidos demócratas se presenta inflexible e intransigente. Con los terroristas ceden, con los demócratas se atrincheran. Una actitud que, además de no pasar inadvertida, se convierte en un gesto de consentimiento hacia la actividad terrorista y su entorno.
El nacionalismo vasco ha caído en la permanente contradicción de condenar los atentados con la palabra, y al mismo tiempo ofrecer con los hechos una comprensión plena sobre los objetivos del terrorismo. El nacionalismo se ha ido deslizando paulatinamente hacia las mismas pretensiones que el radicalismo, coincide en sus fines políticos con los del entorno de ETA, un entorno que lejos de distanciarse de la actividad terrorista, se muestra ya sin disimulos perfectamente engarzado con la banda etarra.
Cada asesinato de ETA coloca al PNV ante su triste realidad. Sitúa a todo el nacionalismo frente a su propias debilidades y errores. Es verdad que ETA se encuentra en una situación muy complicada, pero encuentra suficiente apoyo en el PNV como para seguir sobreviviendo. El nacionalismo vasco, preso de los objetivos de Lizarra, es un perfecto escondite para la verdadera crisis de ETA.
Si el PNV rectificara, y al menos volviera a la actitud que muchos de sus dirigentes no todos mantuvieron con los sucesos de Ermua, ETA no tendría escapatoria. El PNV, con su actitud, no sólo conformista sino cómplice con los objetivos terroristas, ofrece oxígeno a un enfermo terminal. La responsabilidad política de esta larga y asesina agonía de la banda terrorista recae en el nacionalismo vasco. Esa es la realidad, les guste o no les guste. Cada asesinato de ETA declara a gritos la lamentable estrategia del PNV.

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