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Columna publicada el 30-09-2003
Este martes, el presidente Aznar ha aclarado punto por punto la verdad y el fondo del Plan Ibarretxe, fijando meridianamente al Ejecutivo ante la iniciativa de los nacionalistas vascos. Es esta una actitud, en efecto, que ya conocemos y sabemos; pero no está de más que desde el Gobierno central se recuerde expresa y públicamente cuál debe de ser el camino de la rectitud institucional ante la ofensiva que el nacionalismo vasco está diseñando, con el visto bueno de todo el entramado etarra.
Aznar ha sido muy claro, incluso hay quién dirá que ha estado muy duro. Pero ha hecho lo que tenía que hacer. Y es que habrá que decir a los acaramelados que se esconden en muchos rincones de nuestra democracia que a estas alturas no se puede seguir con paños calientes en cuestiones de capital interés.
Aznar ha repasado punto por punto las claves de una propuesta que pretende poner "patas arriba" a toda la España constitucional. El presidente del Gobierno ha puesto, con acierto, el dedo en la llaga al decir que el plan Ibarretxe es secesionista, rompe con España, es una profunda deslealtad, es un chantaje institucional y además se alimenta, se ampara y da la razón al terror. Es, en definitiva, una iniciativa de una gravedad tal que no se puede intentar amortiguar con palabrería aparente pero vacía.
El mensaje de Aznar en la comparecencia pública de este martes está directamente dirigido al mundo nacionalista. Es verdad que no hay que engañarse, los nacionalistas son los culpables de lo que está pasando; pero la ambigüedad de la que el Partido Socialista está haciendo gala es muy preocupante. Es por ello que, aunque los mensajes de fondo del Jefe del Ejecutivo están dirigidos al nacionalismo vasco, los socialistas deben de tomar muy buena nota. El PSOE no puede, en esta cuestión esencial, mostrar duda alguna, contentarse con buenas palabras para terminar con repentinos e inexplicables cambios de actitud. En esta historia no vale refugiarse en estrategias partidistas y electorales, están jugando con fuego y la dirección socialista debería fijar su posición con claridad.
Es una ocasión irrepetible para que Rodríguez Zapatero sepa estar a la altura de la circunstancias, algo que por cierto no ha hecho desde hace meses. Esta vez no tiene margen para el error. El nacionalismo vasco esta empeñado en despeñarse. El presidente Aznar ha dejado claras las reglas del juego. Zapatero mantiene sus idas y sus venidas tibias e melifluas que le convierten en un líder peligroso por su indefinición política. Un lujo que no nos podemos permitir. El PSOE tiene que ser más claro, más contundente. Todos nos jugamos mucho y ellos mismos se lo juegan todo. Decir no al plan Ibarretxe está bien, pero ahora hay que articular y razonar esa negativa con iniciativas.

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