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Columna publicada el 05-11-2002
Cuando faltan algo más de seis meses para las elecciones municipales y autonómicas, como estaba previsto en el guión "no escrito" de la política nacional, el Partido Popular y el Partido Socialista han convertido la cita del 25 de mayo en unas auténticas primarias, en unas elecciones previas a las generales de 2004.
Ninguno de los dos partidos acepta este planteamiento, pero la realidad es que unos y otros están hablando poco, en contra de lo que deberían, de las políticas municipales y autonómicas concretas. Las dos partes plantean y proponen distintas iniciativas, con el barniz local o regional, pero con el claro objetivo de que los mensajes lleguen a todos los rincones de la geografía española. Populares y socialistas, con distinto éxito y coherencia, intentan durante estos días explicar los proyectos que tienen para España.
Por lo dicho y oído hasta el momento, la realidad es que en el PSOE siguen tropezando en la misma piedra: no tienen un proyecto claro y conformado de lo que quieren para España. Se han encontrado de bruces con el viento delas encuestas a favor, han comenzado a caer en la cuenta de que el ciclo del PP puede terminar antes de lo previsto y se han tropezado con que detrás delos "gestos" y de los "efectos" de Zapatero no hay un programa alternativo y tampoco hay equipos sólidos y creíbles. La victoria electoral, para el PSOE puede ser posible, y quizá les coja con el pie cambiado. Pero lo único cierto a día de hoy es que su proyecto sobre España es diluido, inconsistente y cambiante. Las buenas formas y la educación del "estilo Zapatero" esconden pocas ideas sobre lo que debería ser la oferta política diferenciadora de los socialistas.
Por su parte, el fenómeno que se está produciendo en las filas populares deberá ser analizado durante mucho tiempo. Tienen la mayoría absoluta y durante la primera parte de la legislatura han cumplido un buen ramillete de promesas electorales. Pero de la noche a la mañana, con las encuestas en "caída libre", se han puesto nerviosos, han comenzado a dar bandazos hacia un "centro" indefinido, y lo que es más grave: han comenzado a dudar sobre su eficacia y logros en la gestión de Gobierno. El Partido Popular, que ha tenido una claro proyecto para España y que tiene en su haber una buena gestión de Gobierno, ofrece un aspecto de cierta desolación y desconcierto.
Lo han tenido todo a favor y han empezado a no creerse su propio programa y su propia trayectoria. Durante meses han predicado a los cuatro vientos que la mayoría absoluta les confería autoridad para ejecutar su programa electoral; una realidad como un templo que desde la huelga general del mes de junio se ha venido abajo como un castillo de naipes. Atemorizados por las encuestas y con el miedo en el cuerpo, han empezado a recoger velas desvirtuando todo el bagaje político de dos legislaturas.
Las elecciones municipales y autonómicas, aunque lo nieguen unos y otros, se han transformado en una confrontación democrática sobre dos modelos de España, sobre dos formas de hacer política. Los socialistas, obsesionados con las formas, quizá por la carga del pasado, no se "mojan" en un verdadero programa alternativo al PP. Los populares, que han tenido ideas, programas e iniciativas, se esconden a la hora de ensalzar sus propios logros políticos. Ahora reniegan de una forma de hacer política, amparados en un auténtico "centro aguado" y con la respiración contenida por la incógnita de la sucesión
El 2003, en definitiva, puede ser muchos más clarificador de lo parecía. Será un examen para todos, será la revalida para las propuestas de los dos grandes partidos. Para empezar, todos necesitan una sesión de psiquiatra: unos por sus obsesiones, los otros por sus miedos.

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