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Columna publicada el 27-02-2004
Mucho se escribe y se habla, de forma cíclica, sobre la utilidad y la efectividad real de las campañas electorales. Ciertamente las campañas están pensadas y articuladas pensando en los medios de comunicación. Son como grandes escenarios ambulantes en los que durante quince días –muchas veces durante meses– los candidatos recorren España en todas las direcciones pidiendo el voto para su respectivo partido. Mítines, actos sectoriales y públicos de todo tipo y condición, se organizan en los sitios más variados por toda la geografía nacional para pedir el voto.
¿Qué utilidad tiene todo esto?, se pregunta periódicamente la opinión pública española. ¿Es necesario tanto gasto, tanto trabajo y tanto despliegue? Pues personalmente, después de haber "sufrido" profesionalmente un buen ramillete de campañas electorales, pensaba que estas especies de "vueltas a España" tenían una utilidad relativa y en ningún caso determinante. Hasta las últimas elecciones municipales del pasado mes de mayo, estaba convencido de que las campañas electorales con sus respectivas caravanas estaban montadas exclusivamente como grandes "saraos mediáticos". Unos saraos que tenían como primer objetivo la movilización del voto militante de cada uno de los partidos, y en algunos casos se podría admitir que además servirían para ajustar algunos mensajes y para comprometerse, aunque fuera desde unos pétreos programas, a una serie de objetivos.
Todo lo expuesto era mi opinión sobre las campañas electorales hasta que en las últimas municipales llegó Aznar. En plena crisis de Irak, se echó la campaña a sus espaldas, asumió toda la responsabilidad cuando muchos de su partido se escondían "por si acaso" y, en pocos días, dio la vuelta a las encuestas que señalaban al Partido Popular como el gran perdedor de las elecciones. Aznar decidió que aquella debía ser su última batalla electoral, se erigió como en el gran protagonista del PP y se lanzó al ruedo. Recorrió España de norte a sur; articuló un discurso serio, sólido y muy duro con el PSOE; cogió las riendas de la historia y llegó el milagro. Día a día las encuestas fueron cambiando. El PP comenzó a subir, mientras que PSOE e IU se hundieron estrepitosamente. Aznar dijo sí y ganó la batalla.

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