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Columna publicada el 11-05-2003
La desolación era el sentimiento generalizado en el Partido Popular este pasado sábado al confirmar poco antes de la ocho de la tarde que esta vez no llenaban el Estadio de Mestalla. Se tenían que contentar con una discretísima “media entrada”, muy lejos de las expectativas creadas. Un fuerte revés siete años después de aquel mitin histórico, para los populares en la campaña de las elecciones del 96, cuando no sólo llenaron el estadio del Valencia C.F., sino que provocaron un auténtico colapso multitudinario en todas las calles cercanas al recinto deportivo. Ahora, en el año 2003, eso no ha sido posible y la consternación ha sido inmediata y general. ¿Qué ha pasado para no llenar?, se preguntan. ¿Qué ha fallado?, insisten. Aunque ciertamente, la pregunta que no ha encontrado respuesta es otra muy diferente: ¿A quién se le ha ocurrido la idea?
Y es que “a toro pasado” han surgido las críticas internas a borbotones: “Intentar llenar Mestalla en un sábado de sol del mes de mayo y en el segundo día de campaña electoral es un grave error estratégico”, dicen sin recato. “¿Es necesario enseñar públicamente nuestras carencias?”, se preguntan compungidos. En fin, un fracaso estrepitoso e innecesario en el mismo arranque de esta campaña electoral dura y larga era un riesgo que el Partido Popular no tenía que correr y ha corrido ingenuamente. Nadie entiende las necesidades políticas que han llevado a intentar una demostración de fuerza con la que el PP tenía mucho más que perder que lo que tenía que ganar. ¿A quién se quería asustar? Lo dicho, desolación y consternación en el Partido Popular por un paso en falso que se podía y que se debía haber evitado.
La campaña empezaba bien para el PP en Murcia, el pasado viernes, pidiendo al presidente Aznar que cambiara de opinión y que siguiera en el 2004; continuaba dignamente en la plaza de toros de Almería, pero ha sufrido el primer tropezón en Mestalla, un lugar “sagrado” para el PP, símbolo de la victoria del 96. Un pinchazo que se registra demasiado pronto, pero que por encima de todo se podía haber evitado. El PP podía haber escogido cualquier recinto, podía haber metido a los treinta mil simpatizantes que había congregado en el estadio del Valencia C.F. en un lugar más recogido; los populares no se pueden permitir el lujo de dejar medio graderío de Mestalla vacío. El cemento caliente, seco y vacío ha dolido como una auténtica derrota electoral.
El pinchazo de Mestalla no es una anécdota. Era el primer termómetro que tenía el PP en estás elecciones, que se consideran clave para el futuro, y el termómetro ha encendido todas la alarmas. La cara fría y distante del presidente Aznar lo decía todo. Sin mover un músculo miraba a los suyos como preguntando: “¿Quién ha montado esto?” Pregunta sin respuesta alguna e inmediata. En los próximos días iremos calibrando qué repercusión puede tener este tropezón en la campaña. Aunque desde luego el primer golpetón ha sido de desilusión y de incertidumbre, a más de uno se le escapó en la tarde del sábado: “Ya no llenamos ni Mestalla”. Y es que Mestalla era para el PP un talismán, era un símbolo de victoria, era el mito intocable del triunfo electoral de 96. Y ese mito ha caído, mientras que nadie responde a la pregunta clave: “¿De quién fue la idea?”

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