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Columna publicada el 30-01-2002
A nadie le puede sorprender lo que está ocurriendo en las filas socialistas. La posible irrupción de Javier Solana en la política nacional es algo que se veía venir desde hace tiempo. Una vuelta a Madrid propiciada por sus ambiciones personales y por los intereses electorales del Grupo Prisa. Una vuelta que estaba escrita en el guión. El problema era encontrar el momento adecuado para ejecutar esa intención.
La posible llegada de Solana a la política nacional nos devuelve estrepitosamente a los viejos tiempos. El que fuera pieza clave de todos los Gobiernos de Felipe González dede 1982 hasta diciembre de 1995, ha estado "dormido" durante todo este tiempo en Bruselas. Primero como secretario general de la OTAN y ahora como el representante de la Politica Exterior y de Seguridad de la Unión. Un "sueño" aparente, puesto que Solana desde su atalaya comunitaria nunca ha dejado de estar muy pendiente de lo que pasaba en el PSOE. Su casa de Bruselas ha sido durante mucho tiempo refugio para líderes de su partido, y también era un buen escondite para conciliábulos socialistas en crisis permanente desde que en el 96 perdieran el poder.
Javier Solana, desde la distancia y desde la cercanía, ha estado muy presente en todos los avatares socialistas durante los años de oposición, ha sido frecuentemente consultado por importantes miembros de la Ejecutiva, su comunicación con Felipe González nunca se ha interrumpido y siempre ha cuidado con esmero no aparecer en ningun bando interno. Su estrategia para volver siempre ha sido clara: por un lado quería lavar las heridas del felipismo en el exterior y al mismo tiempo estar siempre dispuesto a ser el representante de la "epoca dorada" del PSOE capaz de recuperar la ilusión del 82. Solana ha dejado pasar algunos trenes; no por pereza, sino por estrategia. Solana no apareció cuando González dio paso a Almunia, cuando Borrell ganó las primarias, cuando volvió Almunia, cuando el PSOE perdió en el 2000, cuando dimitió Almunia y cuando Zapatero fue elegido secretario general.
Se ha mantenido al margen de muchas batallas, pero ahora el escenario es diferente y ha decidido apretar el acelerador. Javier Solana aparece en el horizonte y lo hace con toda la artilleria preparada. Desde su retiro de Bruselas, Solana ha cultivado su relación con Prisa en lo mediático y en lo empresarial. Irrumpe en la escena en el momento que considera adecuado. Cuando el liderazgo interno de Rodríguez Zapatero está en cuestión, Solana comienza a mover sus peones. Sabe que tiene dos aliados decisivos: Felipe González y el Grupo PRISA. Con esa armas parece dispuesto a dar la batalla. Con una sola condición: la vuelta estará circunscrita a que en el PSOE exista una opinión unificada. No quiere entrar en "batallitas" internas. Una condición al más puro estilo "Solana": ir sobre seguro.
Que ni Zapatero ni su gente se engañen. Si Javier Solana vuelve es para ser candidato a la presidencia del Gobierno. Y decir Solana es decir Felipe González y PRISA. La vuelta de Solana conlleva el adiós de Zapatero. Esa es la realidad.
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