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Columna publicada el 16-08-2001
José Luis Rodríguez Zapatero ha desaparecido, al menos temporalmente, del mapa político. No se le encuentra por ningún sitio. Ha tenido alguna que otra aparición en carne mortal, pero Zapatero se ha tomado muy en serio lo del descanso veraniego y ha preferido “oxigenarse”. Quizá en exceso.
El secretario general del PSOE terminó, suponemos, muy satisfecho el curso político. Las encuestas le dieron como vencedor en el Debate sobre el Estado de la Nación y de la conferencia política afloró un claro cierre de filas en torno a su liderazgo. Con esa satisfacción se fue de descanso, y dejó a sus lugartenientes: Caldera y Blanco.
Tanto uno como otro, están siendo los protagonistas de la oposición en este mes de agosto y llevando el peso de todo el caso Gescartera. Un caso de corrupción que ha ido de menos a más, y que al secretario general de los socialistas le ha cogido fuera de circuito. La dimensión que está adquiriendo este escándalo, cuyos límites todavía no conocemos, le ha cogido a Zapatero con el paso cambiado.
El PSOE tiene una maquinaria prevista que está funcionando correctamente. Pero es una maquinaria para cubrir el expediente del trabajo diario. Sinceramente, en el caso Gescartera extraña la desaparición de Zapatero. Es admisible que el líder de los socialistas pueda tener como estrategia ser exclusivamente la sombra del presidente Aznar. No rebajarse a otros subalternos del Partido Popular. Ese papel como diseño de “camarilla” puede ser correcto. Pero está dejando pasar una oportunidad de oro, con la aparición del primer gran caso de corrupción de la “época Aznar”, con un Gobierno que ha tardado en reaccionar y cuando lo ha hecho ha sido cambiando de opinión en poco más de dos semanas. Con una situación así, el secretario general del PSOE, que dice estar dispuesto a llegar a Moncloa en el 2004, no puede dejar la voz cantante a sus “segundos”.
Zapatero se ha equivocado de estrategia. Es cierto, que no puede quemarse, es cierto que tiene que dosificar apariciones y declaraciones, es cierto que una vez pasado el primer año tiene que medir sus gestos. Pero también es verdad, que casos como el de Gescartera no se los va a encontrar cada semana, una trama tan siniestra y poco clara como la de este escándalo no va a aparecer con mucha frecuencia.
Gescartera, desde un punto de vista político, hace mucho más daño al Gobierno que el “caso Piqué”, o que el “Tireless”, o que las vacas locas. Estamos hablando de corrupción, de corrupción de la importante, de la de antes. Y Zapatero se encuentra desaparecido. Quizá ni los mismos socialistas esperaban que todo este escándalo adquiriera el peso y la dimensión que tiene y quizá por ello les ha faltado capacidad de reacción.
Caldera y Blanco han cumplido su papel, pero si Zapatero aspira a liderar la oposición con todas las consecuencias deberá hacer acto de presencia en estas cuestiones, no puede permanecer ajeno a uno de los agujeros negros más importantes de los gobiernos Aznar. La moderación a la hora de hacer política no se puede confundir con dejar pasar las grandes oportunidades. Y la ausencia de Zapatero en una gran oportunidad como esta es un error importante. El líder de la oposición no puede permitirse el lujo de desaparecer.

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