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El rostro tenso y nervioso de la vicepresidenta De la Vega en la comparecencia de este lunes, después de la entrevista en Moncloa entre Rodríguez Zapatero y Rajoy, es la referencia más clara de lo que está pasando. La vicepresidenta lleva casi tres años dando cuenta semanal de la gestión del Gobierno tras los consejos de ministros. Parece evidente que a estas alturas tiene tablas más que suficientes como para no exteriorizar el estado de ánimo del Ejecutivo. Esta vez, en cambio, no ha sabido ocultarlo, y es que todo indica que Mariano Rajoy no ha caído en la trampa tendida por Zapatero, por lo que los planes diseñados desde Moncloa se resquebrajan antes de ponerse en marcha.
Hay que reconocer que esa estrategia es la de siempre: la exclusión del Partido Popular. Es decir: "todos contra el PP". La artimaña es sencilla. Zapatero dinamitó hace mucho el pacto antiterrorista y sabe que resucitarlo es incompatible con mantener el proceso de rendición. Por lo tanto, es consciente de que por ese camino no puede avanzar. De modo que se ha inventado una nueva triquiñuela: proponer al Partido Popular un nuevo pacto, supuestamente basado en el consenso, en el que se puedan ubicar todos los partidos políticos del arco parlamentario. Es decir, pretende sentar a los populares con los independentistas de Esquerra que se reunieron en Perpiñán con ETA o con los nacionalistas vascos que firmaron el Pacto de Estella con los terroristas. Evidentemente, Zapatero sabe que eso no es posible, que es precisamente la razón por la que lo propone. Esta iniciativa estaba condenada al fracaso antes de nacer pues venía de fábrica con una etiqueta donde se podía leer la negativa de los populares, de modo que Zapatero y sus aliados terminarán donde estaban: ¡Todos contra el PP!
No obstante, parece que Zapatero no se esperaba una negativa tan tajante y explicita de Rajoy. El PP ha ofrecido una imagen clara de cuál es su opción: el pacto antiterrorista. Y al presidente del Gobierno se le plantea una disyuntiva entre aceptar las exigencias de Rajoy –algo impensable– o tirarse al monte con sus habituales compañeros de viaje. Todo indica que se apuntará a la segunda opción, a sabiendas de que el deterioro del Gobierno va a ir a más. Pero ha llegado tan lejos, ha cedido y concedido tanto, ha creado tales expectativas a los etarras y a todo su entorno que se ha convertido en un rehén de sus promesas.
A nadie le puede sorprender la reacción de Zapatero, un presidente del Gobierno centrado en su política de fanfarrias y palabras vacías. El jefe del Ejecutivo, nueve días después del atentado, vuelve a alejarse del sendero que marca el sentido común. Durante este tiempo, el presidente no ha hecho sino marear la perdiz, sin tomar decisiones ni demostrar capacidad ninguna de reacción. Parece como si estuviera esperando algún mensaje de los etarras para volver a esa mesa de negociación política que, como se ha dicho hasta la saciedad, es simplemente una forma de rendirse. Eso sí, no es Zapatero quien se somete sino los españoles a los que se supone que representa. El presidente del Gobierno espera alguna señal por parte de los etarras y, mientras tanto, entretiene a los ciudadanos con rondas de partidos en las que excluye al PP. Y es que contar con él sería incompatible con sus planes, que definitivamente no han cambiado.

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