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Artesanos, angelitos

Son ingeniosos estos ultras, siempre lo han sido. Y cómo consiguen incluir en sus fotos a personas aparentemente prudentes e inteligentes.

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Arnaldo Otegi, junto al presidente del PNV, Andoni Ortuzar, en presencia de Rafaela Romero del PSE. | EFE

Es una gran suerte tener la capacidad de poner nombres oportunos a las cosas. Digo que es una suerte porque hay ideas brillantes que no encuentran el nombre apropiado o sus mentores se preocupan más del contenido que de la originalidad de su denominación.

Son ingeniosos estos ultras, siempre lo han sido. Y cómo consiguen incluir en sus fotos a personas aparentemente prudentes e inteligentes.

"Desarme unilateral, irreversible, ordenado, definitivo, verificado, completo,…" Más habilidosos que empáticos, más preocupados por el marketing que por los derechos humanos, mucho más sensibles a la propaganda que a la piedad.

Artesanos, constructores de ilusiones con pocas herramientas y mucha maña. Amantes de la tranquilidad y la vida interior, ejemplo de discreción y equidistancia. ¿A quién no le parecen entrañables los artesanos siempre elaborando cosas preciosas y ahora en extinción?

Artesanos amigos de los pastores. La naturaleza, las materias primas y la tradición son la garantía de pureza de sus labores. Pastores sacrificados y entregados por acercar a la tierra prometida a sus rebaños ¿No merecen un respeto quienes se tomaron el trabajo de elegir la senda correcta y castigar a los que se desviaban de ella?

Artesanos de la paz. Ya detesto este término, pero es maravilloso. ¿Y la paz? ¿Alguien no quiere la paz? ¿Alguien se atreve a decir en voz alta que es contrario a la paz? Pues toma, lo que no nos hemos podido imaginar ninguno en todos estos años: la paz nos la traen unos artesanos. Esto es insuperable. Angelitos emergiendo de las terceras filas de las manifestaciones pro "ETA mátalos". Voces armoniosas e inocentes de desconocidos ciudadanos simulando pertenecer a alguna ONG blanca y neutral emitiendo lisérgicos mensajes de paz y convivencia. Comienza una nueva era, la paz es ahora.

En cuanto veamos esas armas sentiremos que por fin podremos vivir en una sociedad respetuosa y amable: ya no matarán. Miraremos con mejores ojos a quienes festejaban los asesinatos en la plaza de nuestro pueblo, pediremos una banderita de apoyo a los presos para poner en nuestros balcones y así dar muestra inequívoca de nuestro deseo de paz y convivencia. ¿Qué si no es convivencia sino aceptar a todos por igual?

Esas armas que han tenido tantas cabezas cerca, que han sido empuñadas por manos grandes o pequeñas, duras y blandas de humanos despiadados, que han cortado el aliento con cada uso, que han funcionado letalmente con precisión para advertirnos del precio de nuestras equivocaciones, que han ido condicionado bala a bala el destino de nuestra sociedad, dirigiéndonos a un infierno de silencios y abandonos, de miserias morales de difícil recuperación, se mostrarán mudas e inservibles, como ajenas a todo lo vivido por ellas.

Artesanos miserables de la postguerra. Aves de rapiña acercándose sigilosas a los cadáveres con una frialdad profesional, como queriendo cerrar el círculo natural, aprovechando los restos que dejaron otros para alimentar a su camada y seguir volando juntos.

Un sindromazo de Estocolmo se extiende por nuestras calles como el agua que dejan las mangueras de los barrenderos al amanecer desprendiendo aromas psicotrópicos. Más anestesia.

Qué pena que esa paz artesana no la sintieran frente a los cadáveres de sus víctimas en el sitio y en el momento en que se produjeron. Qué pena que no sintieran los mismos deseos de paz la misma tarde de un asesinato y bajaran a la calle indignados a impedir que volviera a ocurrir.

Lo visten de valentía pero es de cobardes ponerse a entregar unas armas que nunca se atrevieron a llevar haciendo como si se las hubieran encontrado en un camino forestal. Aún es más de cobardes pasar a otros el marrón de entregar las armas con las que han trabajado tantos años. Tirar la piedra y esconder la mano. En un lugar tan pequeño como el País Vasco, que haya tanto cobarde… entre el tiro por la espalda, el chivato tras la cortina, el manifestante jaleador de la muerte y los políticos de doble lenguaje, ahora nos sale el artesano de la paz, pinche barato de asesinos jubilados.

Lástima que estos pastores de las ovejas de la paz artesana no ejercieran su apostólica militancia hace veinte años llevando su mensaje por las Herrikos de cada pueblo hasta convencer de que aquellas armas no había que tocarlas. La paz y la convivencia en sus labios son una blasfema mentira. Pero dormirán tranquilos, somos los demás los que tenemos el problema.

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