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Diez de julio de 1997. Apeadero del tren de Ermua. Miguel Ángel Blanco, joven concejal del PP en la localidad vizcaína, acaba de comer en su casa y se dirige a la empresa en la que está empleado. Una mujer se le acerca: “Tú trabajas en Eman Consulting, ¿no? Es que acabo de comprar un coche, que tengo aparcado aquí al lado, y necesito que alguien me arregle los papeles”. Eran las tres y media de la tarde. Fue la última vez que se le vio con vida. La persona que le llevó a la muerte, en cámara lenta, 48 horas después, es Iranztzu Gallastegui, la terrorista que esta semana hemos visto en el banquillo con cristales blindados de la Audiencia Nacional, desafiante y enferma de odio junto con su criminal pareja, Francisco Javier García Gaztelu, acusados ambos por el asesinato de otro concejal del PP, José Luis Caso y a partir de hoy, por el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco.
Irantzu Gallastegui, hija y nieta de gurús de la religión de Sabino Arana es el fruto de dos rabiosas y fanatizadas generaciones de nacionalistas vascos. Como se cuenta en “ETA, el saqueo de Euskadi”, su abuelo, Elías Gallastegui fue uno de los más radicales dirigentes de las juventudes del PNV, entonces denominado Comunión Tradicionalista Vasca y uno de los principales ideólogos del incipiente credo racista y xenófobo antiespañol. Su padre, Lander Gallastegui Miñaur, arquitecto y su tío Iker, entrenaron etarras en Francia en los años sesenta. En Iranztu, la asesina de Blanco y de Caso, junto con sus hermanas y su prima Usune, en todas ellas, ha fructificado la simiente del odio sembrada a conciencia por sus padres y abuelo. Todas han dado un paso más: han pasado a empuñar las pistolas en defensa del nacionalismo totalitario.
Tres generaciones alimentadas con el odio nacionalista que justifica el exterminio de quienes no comulguen con su ideología nazi. Desde que Zapatero llegó al poder engrasa, inocula y nutre, junto con sus aliados nacionalistas, la inquina contra el Partido Popular. Cuatro días después de los primeros ataques a Mariano Rajoy y los dirigentes populares, aparecieron las primeras condenas con conjunción, condenas justificativas de la barbarie contra el PP desde la corrupta clase dirigente catalana. El indigno Montilla lo anunció: los populares merecen toda violencia debido “al clamor de la sociedad por su política miserable”.
Rodríguez Zapatero y el nacionalismo en bloque amamantan la bestia de la intolerancia totalitaria que siembra ya de terror –de baja intensidad– Cataluña. El Estatuto de Zapatero y Perpiñán, el Z-ETA-tuto, no colmará el ansia independentista catalán. Lo aprobado este domingo es “la rampa de lanzamiento” a la secesión definitiva, como reconoció Mas. La semilla del odio, la intolerancia con pistolas, fructificará de nuevo. Habrá estirpes de gudaris catalanas que, como Irantzu Gallastegui, serán los hijos de la ira. En este caso, de la ira de Zapatero, Mas, Duran y Carod, que han puesto consciente e intencionadamente al PP en la diana.

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