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Sedición y corrupción de menores

Jordi Pujol sabía perfectamente que la clave para la destrucción de España era el adoctrinamiento de las nuevas generaciones.

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Como era de prever, la jornada del 1-O, marcada previamente por la toma de las calles y de ciertas instituciones, singularmente la Universidad, donde se reparte el pasto espiritual catalanista, ha ofrecido escenas en las cuales cobraban protagonismo niños y adolescentes. Muchas han sido las imágenes difundidas en las cuales, bajo un tono a veces festivo, a veces violento, en ambos casos irresponsable, los infantes participaban en las concentraciones celebradas con motivo de un así llamado referéndum que no es sino una nueva coartada de los independentistas, tan imbuidos de fundamentalismo democrático como quienes, por imperativo legal, debieran neutralizar sus acciones. Esta atmósfera, la marcada por ese fundamentalismo en el cual se ancla el hábil recurso al derecho a decidir que esgrimen los secesionistas catalanes, es la que envuelve a ambas partes. Pero si tal es la envolvente, otro factor caracteriza, hasta anegar en sus estancadas aguas, a toda la actualidad de la vida política española: el de la corrupción.

Así es, el afloramiento de tramas delictivas en las cuales se insertan políticos con mando en plaza municipal o ministerial es una constante en las telepantallas, y no es necesario poseer la ciencia media para augurar que en breve aparecerán nuevos casos de corrupción delictiva en la cual andarán involucrados determinados miembros del PP. Nótese que caracterizamos como delictiva la corrupción vinculada a comisiones, recalificaciones irregulares y mordidas en general, conductas tipificadas como delitos que reciben los correspondientes castigos. Existe, no obstante, otra especie de corrupción a los que aludiremos más tarde.

Regresemos de nuevo a las calles catalanas. La imagen de menores incorporados a ardorosas, patrióticas e incluso hispanófobas acciones ha provocado un especial rechazo en amplios sectores de la población española. Adormecida por la propaganda que canta acríticamente las bondades del actual régimen democrático, gran parte de la ciudadanía ignora, o se esfuerza por ignorar, la realidad de un sistema educativo que fomenta y exacerba las particularidades regionales con objetivos políticamente disolventes. De tal estrategia sabe bien el ahora desaparecido Jordi Pujol, quien, ya desde los tiempos en que se movía entre las bambalinas federalcatólicas de finales de los 60, ha manifestado en varias ocasiones hasta qué punto el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, y no una confrontación directa con el Estado, crearía la masa crítica capaz de poner en jaque la supervivencia territorial de España.

Es en este contexto en el cual procede introducir un tipo de corrupción que a menudo pasa, por ignorancia o negligencia, inadvertida para los medios. Una corrupción que en 2010 el filósofo español Gustavo Bueno definió como no delictiva en su obra El fundamentalismo democrático. Es esta, tal nos parece, la corrupción a la cual quedan incorporados los niños catalanes que hacen cuatribarrados dibujos en las calles, o la que ampara el absentismo escolar de unos jóvenes, jaraneros y alborotadores, que blanden las esteladas y gritan en la horas que deberían consagrar a Euclides, nunca a Cervantes. Nos referimos a esa corrupción que, en lo tocante a la Nación, a esa España impronunciable en muchos ambientes ideológicos, va orientada al fomento del odio, al desprecio y destrucción de sus símbolos, a la ignorancia y falsificación de su Historia.

En pleno proceso de putrefacción, de una descomposición nacional que los sedicentes izquierdistas pretenden camuflar bajo el reconocimiento de una, a su parecer, inequívoca condición plurinacional de España, Cataluña se sitúa en la vanguardia de una balcanización que tendría continuidad en otras regiones en las que, con la complicidad de los Gobiernos de Madrid, marcados por su cortoplacismo, se han seguido caminos educativos similares. Productos de tales sistemas, las futuras generaciones, corrompidas por un profesorado que encuentra su blindaje laboral pero también su confinamiento, en una educación transferida, comprobarán los resultados, probablemente amargos, de estas jornadas callejeras.

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