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Alarmismo

Caperucita Roja y el lobo climático

Lo que más une, lo que lleva con más eficacia a cohesionar los esfuerzos del grupo, es afrontar un peligro común, sea este un enemigo dotado de perversas intenciones o una incontrolada fuerza de la naturaleza.

Como ya aprendieron y practicaron muy bien los comunismos y los fascismos, cuando tal peligro no existe hay que inventarlo. Y los deseosos de poder en el mundo globalizado de hoy disponen de un arsenal imaginario de armas de destrucción masiva mucho más eficaz para aterrorizar conciencias que el acumulado durante décadas de guerra fría por las superpotencias.

En un mundo en el que los mayores peligros son el terrorismo y el abandono del capitalismo, es decir, dos formas ilegítimas de ejercer la fuerza para imponer el criterio de unos pocos sobre todos los demás, los astutos líderes mundiales apuntan al cielo su índice y nos piden que veamos CO2. Esperan que todos eleven su vista para que dejen de atender a lo que sucede en la Tierra.

Un proverbio árabe decía que "cuando el sabio señala a la luna el tonto mira el dedo". En el caso que nos ocupa mirar el dedo no es lo estúpido. Claro que tampoco es ningún sabio el que señala, salvo que por sabio entendamos listo y aprovechado. Mirando su dedo nos preguntamos por qué narices señala al cambio climático como mayor problema de la humanidad en esta era tecnológica. ¿No serán ellos y sus dedos el principal problema? ¿Qué es lo que pretenden que creamos, y para qué?

La respuesta la encontramos en la despiadada lucha por el poder y las prebendas. Seguimos siendo los mismos que hace cientos de miles de años, animales grupales que buscan la seguridad, la certidumbre, el apoyo moral y físico de nuestros semejantes, y eliminar todos los peligros de nuestro entorno, bien aumentando nuestra área de influencia, nuestro poder, bien restringiendo el de aquello o aquellos que nos amenazan.

La causa del cambio climático sirve tanto a la causa de las prebendas de numerosos grupos de presión como a la causa de los políticos consistente a su vez en disponer de grandes causas para hacer prosperar sus pequeñas pero enormemente ambiciosas y vanidosas causas.

El cambio climático antropogénico es un gravísimo problema, sí, pero sociológico, no climático. La gente teme los Apocalipsis, da crédito a los Nostradamus, porque es preferible creer erróneamente que existe un peligro inexistente, lo cual no nos mata, que pensar que no pasa nada e ir de cabeza a la boca del lobo.

En este cuento, sin embargo, el lobo no es una fuerza climática descontrolada, sino el de siempre, los políticos que, con sus engaños, debidamente aderezados con el lenguaje científico de la era tecnológica, llevan por la senda de caperucita "roja" a una infantilizada población dispuesta a creer en sus zalameras palabras.

¿Habrá algún cazador de mentiras por los alrededores, que detecte y denuncie este bulo licantropogénico?