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Orden natural

Ecología, economía y ecologismo

Los últimos siglos de la civilización humana...habían sido testigos de la aparición en Europa occidental de movimientos inspirados en una ideología de un extraño masoquismo, llamada "ecologista", aunque sólo guardara escasa relación con la ciencia del mismo nombre... que insistía en la necesidad de proteger la "naturaleza" contra las actuaciones humanas... habían subestimado en mucho la capacidad de adaptación de lo vivo, su rapidez a la hora de establecer nuevos equilibrios sobre las ruinas de un mundo destruido.

Michel Houellebecq. La Posibilidad de una Isla. Alfaguara

Si una bacteria dispusiese de los nutrientes adecuados para su metabolismo y no tuviera restricciones, en unos pocos días formaría una colonia con una masa comparable a la de la tierra. Pero la escasez de recursos y la competencia de otros organismos ponen freno a un ambición no por inconsciente menos desmedida. "Disminúyase cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie crecerá casi instantáneamente hasta llegar a un límite incalculable", decía Darwin en el Origen. No hay más que ver la desmesurada expansión de algunas especies al penetrar en un hábitat nuevo, que por una u otra causa les resulte más propicio. Por ejemplo, los conejos en Australia.

En las ruinas de Pripyat, ciudad evacuada al producirse el accidente nuclear de Chernobyl, se puede observar cómo la naturaleza recupera rápidamente el terreno que los denodados esfuerzos humanos le conquistaron. Lo que para las bacterias es cuestión de días requiere años para las plantas y animales que las acompañan, pero al final se llega a lo mismo: el espacio es reconquistado y la naturaleza reina de nuevo dónde una vez lo hizo el hombre, su primate cognitivamente más aventajado. Las plantas, igual que quiebran las rocas de las montañas, abren caminos a través del cemento. Y la erosión, provocada por procesos no biológicos, también desempeña su labor. La ecología entra en acción.

El zoólogo Ernst Haeckel, uno de los primeros darwinistas, se refería a la ecología como el cuerpo de conocimiento relativo a la economía de la naturaleza. Economía y ecología no son términos que se refieran a dos esferas de realidad aisladas. De hecho la economía, entendida como la forma en que el hombre maneja y transforma los recursos para satisfacer sus fines, no sería más que una diminuta rama dentro del árbol de la economía de la naturaleza, la ecología, que consiste en el flujo de la energía dentro del sistema formado por lo vivo y su entorno abiótico.

Nuestro antropocentrismo nos ha llevado a considerar que nosotros dirigimos de alguna forma el mundo. Igual que creemos tener la capacidad de destruirlo por completo (creencia en parte justificada), nos consideramos obligados a mantenerlo en un equilibrio estable y duradero. De ahí fórmulas tales como la de economía sostenible, más propias de la prepotencia antropocéntrica –engreída de su escasa racionalidad e ignorante de sus carencias– que de humildad y asombro ante las maravillas naturales.

El orden espontáneo que se observa en los mercados, que Adam Smith sugirió, Friedrich Hayek desarrolló teóricamente, y Vernon Smith ha comprobado experimentalmente (los dos últimos con Nobel de recompensa), es igualmente una parte de un orden superior, el orden natural, dentro del cual no existe director, ni sentido, ni un protagonista principal. El abandono del antropocentrismo pasa por reconocer que nuestro papel en la naturaleza es, en el mejor de los casos, insignificante, y en el peor tan negativo como lo sea nuestra gestión económica, y que la vida en la tierra nos sobrevivirá. El ecologismo, tal como se practica y viendo las cosas de esta manera, sería la expresión más patente del antropocentrismo, al tiempo que un pesado lastre para el desarrollo económico. Pues, ¿qué podría hacer mayor daño a la economía de la naturaleza que la destrucción de capital en la economía humana? Volver más ineficientes los procesos económicos es, al final, volver más ineficientes los procesos ecológicos –los de circulación de la energía y los recursos que la encierran–, lo que equivale a destruir el medio ambiente. Mírese si no el caso de Chernobyl antes comentado (en el que la naturaleza ha recuperado terreno perdido, pero ha habido una tragedia humana), o el de la desecación del mar del Aral, ambos atribuibles al comunismo, máximo destructor de capital económico y (naturalmente) ecológico.

Se hace imprescindible distinguir la ecología del ecologismo, ciencia de ideología, conocimiento de fanatismo. De ello depende el futuro de la civilización.

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