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40 años hacia delante y 100 hacia atrás

Hemos viajado de 2017 a 1977 para revisar lo vivido en esta democracia, pero una moción de censura nos interrumpe bruscamente para llevarnos a 1917.

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EFE

Celebramos el 15 de junio los cuarenta años de aquellas primeras elecciones con partidos políticos tras otros cuarenta años de dictadura. Fueron además, unos comicios constituyentes pues las cámaras resultantes de las urnas parieron la Constitución un año después. No cabe duda de que el hecho es de notable importancia en la Historia de España. Como señaló aquí Luis Herrero –de los pocos que de verdad conoce los entresijos de nuestra Transición– el camino a la Democracia no comenzó con estas elecciones, ni siquiera con la Ley de la Reforma Política y, por apurar, tampoco al día siguiente de aquel "hecho biológico inevitable". Como nunca nos hartaremos de repetir, el cambio comenzó a fraguarse con Franco vivo y llevó al Régimen a la autoliquidación, al suicidio, a lo que comúnmente hemos llamado el harakiri de las Cortes franquistas en esa Ley de 1976. ¿Perestroika? ¡Quia!, Transición española.

Cada logro abría un nuevo reto y cada brindis terminaba indefectiblemente con antiácidos. Nada iba a ser fácil. Colgar la camisa azul y legalizar al PCE no podía salir gratis y Adolfo Suárez sabía que estaba destinado a convertirse en el fusible de un circuito que empezaba en una dictadura y terminaba en una democracia: otro harakiri del que tampoco se habla como merece.

El caso es que llegó el momento de las urnas de verdad. Los españoles elegirían partidos y para ello… tenía que haber partidos que elegir. Por absurdo que parezca, eso es lo que pasa cuando un Régimen hace mutis por el foro, algo que aún no ha sucedido en Cuba. Del Movimiento, España pasó a la "sopa de letras", un laberinto de agrupaciones que no se parecían en nada a un partido salvo algo en el caso del PCE, rostro del antifranquismo, y del PSOE, antifranquismo sin rostro hasta después del óbito. Consciente de ello, Felipe González no quería ni por asomo que se legalizara al PCE pero estaba claro que era un paso necesario; pagó la carísima cuenta Adolfo Suárez y el PSOE empezó a hacer arqueo de sus posibilidades electorales. Cuenta Julio Feo en su libro Aquellos años que se elaboró una guía electoral que especulaba con las estrategias de los adversarios. En uno de los muchos párrafos dedicados a los comunistas, se indicaba:

PCE. Posee organización, medios y figuras presentadas a nivel nacional aunque Carrillo y la Pasionaria tienen el lastre de la guerra civil y de su anterior militancia activa en el stalinismo (…) No obstante, el PCE, consciente de su mala imagen, se corre veloz y oportunistamente a su derecha con la aceptación de la bandera monárquica y el reconocimiento implícito de la monarquía para así intentar dar una imagen de orden y de buenos.

Curiosamente, el PSOE también pidió encarecidamente que en sus mítines del 77 no aparecieran banderas tricolor de la Segunda República o retratos de Pablo Iglesias Posse pero, según Julio Feo, ellos lo conseguían con métodos persuasivos y siempre amables mientras que el PCE lo hacía con represión pura. Seguro que ninguna de las dos opciones es completamente cierta pero ambos sospechaban lo que iban a demandar los españoles.

Sobre los "medios" a los que alude la guía, hay que señalar que la rapidez del proceso pilló a casi todos sin estructura como para presentar un partido y llevarlo de campaña electoral. Pero no sin posibles. Se habló mucho de los "diez americanos" que el rey Juan Carlos pidió por carta a su "hermano" Mohamed Reza Pahlevi, Sha de Persia. La críptica metáfora es posterior porque el monarca fue bien claro en su misiva: "diez millones de dólares" para contribuir a la estabilidad del gobierno español, representado por la UCD de Adolfo Suárez. Luego, según parece, los americanos llegaron tarde y no precisamente a su destino. Pero no fue el único partido con ayuda, claro está. La mitad, unos cinco millones, fue lo que se ha documentado que recibió oficialmente el PCE –hubo muchas más vías, más dinero y más atrás en el tiempo–entre 1971 y 1990 procedente del PCUS, o sea de la URSS. Del PSOE se encargó, entre otros, la Fundación Friedrich Ebert, el SPD del amigo Willy Brandt que no dejaba de ser dinero estatal alemán. Corrieron con la cuenta de locales, equipos, sueldos, formación, viajes nacionales e internacionales, cenas de influencia... Al PSOE le gusta más la historia esa de que con cuatro mimbres hicieron un enorme cesto y recela de quien indaga en archivos que puedan empañar esa épica de los primeros años de la democracia.

En cuanto a la UCD, volviendo al manual socialista elaborado para las elecciones de 1977, se decía, entre otras muchas cosas, que:

El llamado Centro es la derecha disfrazada de centro. No tienen programa. ¿Qué política van a seguir?: ¿liberal?, ¿socialdemócrata?, ¿democristiana?, ¿caciquil franquista?

Quizá los socialistas querían saberlo con urgencia para aplicarse el cuento porque la "derecha disfrazada de centro" era un serio problema para el socialismo que no encontraba todavía su disfraz: Felipe González había arremetido contra Suárez, contra el rey desde que era príncipe, contra la legalización del PCE y contra todo lo que se pusiera en su empeño por convertir a Isidoro en artífice del cambio.

A la Alianza Popular de Manuel Fraga no dedicaba aquella guía demasiado espacio, conscientes de que si querían heredar al franquista auténtico devenido en votante iban listos. Sin embargo, fue el propio Fraga el que dijo en una ocasión que su intención era "aislar a la extrema derecha y traer las fuerzas conservadoras hacia el centro". Fraga no quiso saber nada de Suárez y pensó que si la democracia procedía del régimen, éste sería el mejor sello de garantía electoral. Las seis personas que con él formaron los Siete Magníficos –Laureano López Rodó, Federico Silva Muñoz, Cruz Martínez Esteruelas, Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente y Enrique Thomas de Carranza, con notables diferencias y orientaciones entre ellos– pretendían amalgamar ese tránsito que sólo Suárez supo componer porque empezó a trabajar antes de pensar en un partido. La astucia y el excelente trabajo de unos pocos, incluido el Rey, le colocaron en esa posición que nadie más podía alcanzar.

Así que todos los partidos con algún viso de éxito querían ser el centro, conscientes aunque algunos nunca lo admitieran, de que los españoles buscaban la concordia tras una dictadura: ni franquismo ni revolución, qué chasco. Aun hoy no lo entienden.

Ni la AP de Fraga heredó el franquismo –"sociológico", suelen decir– ni el PCE de Carrillo heredó la oposición al franquismo. Ambos cosecharon un estrepitoso fracaso electoral porque la democracia había nacido antes de las elecciones por muy fundacionales e importantes que fueran, que lo son. La política de aquellos años se hizo sin partidos pero trajo la democracia parlamentaria y una Constitución. Hoy existe un partido –de momento es uno– que se las quiere cargar sin disimulos.

Hemos viajado de junio de 2017 a junio de 1977 para revisar lo vivido en esta democracia, pero una moción de censura nos interrumpe bruscamente para llevarnos a octubre de 1917. El capricho de este Pablo Iglesias de matar a la Transición en su cuadragésimo cumpleaños nos brinda otra efeméride: el centenario de la revolución bolchevique, su abrevadero ideológico aderezado con feminismos intocables –cuando son bien sencillos de desmontar–, frases hechas encadenadas ad eternum y falsificaciones de la Historia de España, unas veces por inepcia y otras por calculada maldad. Frente al artífice de este desafío –inútil pero desafío– no hemos visto política sino vacía oratoria.

La fracasada moción de censura vivida estos 13 y 14 de junio ha sido extraordinariamente cubierta, comentada y opinada en Libertad Digital y esRadio. Rajoy estuvo más acertado que otras veces, sí, pero ya no es tiempo de ganar en las encuestas sobre oratoria sino de ser consecuentes con las palabras y asumir los riesgos derivados como sucedió hace cuarenta años, cuando las ideas y los actos tenían consecuencias.

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