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El desarme del Estado

Desde hace mucho tiempo, ETA tiene escaños, poder y dinero público y ya no le hace falta apretar el gatillo.

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Bolinaga. | EFE

Señalar dónde están los escondites de unas armas con las que se ha asesinado a un millar de personas, herido a decenas de miles y aterrorizado a millones no es síntoma ni símbolo alguno de un fin de cuentas. El final de ETA ha de ser siempre la cárcel. Si la banda armada se desarma –que lo dudo– sigue siendo banda porque los crímenes no se borran.

Los gobiernos de PP y PSOE han consentido –más bien, propiciado– esta salida para los asesinos de sus concejales porque en España casi nunca se zanja el crimen, lo transforma en otra cosa o, simplemente, desaparece. Y de nuevo, es lo que se pretende.

El Gobierno y casi todos los políticos que el viernes hicieron alguna valoración sobre el teatrillo etarra dijeron a la vez y casi literalmente: "Lo que quiere la sociedad española es que ETA se disuelva y desparezca". Desaparecer, eso es precisamente lo que hace ETA delante de nuestras narices y, según parece, con el beneplácito oficial. Yo prefiero la entrega de los etarras –y si no, su captura– que la de sus armas. Se busca al asesino, no su pistola. Y se busca la resolución de más de 300 crímenes etarras sin castigo que nos muestran esa pistola, aunque oxidada, humeante.

Los observadores de la burla son, una vez más, los amigos que hablan de la solución al "conflicto" en el País Vasco: "ETA nos ha confiado –dicen ahora– la responsabilidad del desarme de su arsenal y, en la tarde del 8 de abril, ETA estará totalmente desarmada". Lo dice Txetx Etcheverry, dirigente de la asociación Bake Bidea y que ha militado en Abertzaleen Batasuna y en el sindicato ELA. Fue detenido en diciembre de 2016 por gendarmes franceses junto a un arsenal de la banda. Dijo en su descargo que estaba inutilizando las armas para que no las usaran otros pero el caso es que llevaba un taladro y una lijadora, herramientas con las que se puede inutilizar un arma pero también borrar cualquiera de sus referencias y, en cualquier caso, hacerlo sin supervisión policial. Observadores amigos de los terroristas y a puerta cerrada, o sea el Chapo Guzmán en un control de aduanas de México.

En el generalizado regocijo mediático por las intenciones de la banda, decía el viernes El País que "ETA anuncia su desarme unilateral e incondicional". Lo mismo algunos esperaban que se hiciera oficial un desarme bilateral, en el que también entregara sus pistolas la Guardia Civil. Porque esa es la cuestión; que la Guardia Civil y la Policía, con muchos muertos a sus espaldas, siempre han querido el desarme de ETA pero por aprehensión de su arsenal, o sea unilateral pero desde el lado de las Fuerzas de Seguridad. No fue posible, aunque se anduvo muy cerca, porque al final no se quiso; ese camino terminó de forma abrupta, vergonzante y delictiva en un bar de Irún llamado "Faisán" donde el Estado de Derecho fue el que se desarmó ante los criminales en el caso más escandaloso de colaboración con la banda. También se pasó página.

Hubo más ofensas: el caso Bolinaga, secuestrador de Ortega Lara, o las burlas de hambre de Juan Ignacio de Juana Chaos, son lodos que proceden del polvo de Zapatero, el que manchaba la toga que Cándido Conde Pumpido puso a sus pies, pero lodos al fin y al cabo en los que ha chapoteado sin complejos el gobierno del Partido Popular, que ya también elogia al fiscal de la toga sucia en su carrera por el reconocido prestigio.

Para no hurgar en hemerotecas lejanas echemos un vistazo a lo que sigue sucediendo hoy en el País Vasco y Navarra donde el terrorismo callejero mantiene a raya en bares y universidades a los que celebran no se qué "desaparición" de ETA. Añadamos a esto lo que empezará a suceder en breve con los presos etarras, próximo banderín de enganche de Podemos, que lo mismo pide la abolición de la amputación de rabos a perros –lo de la ablación de clítoris en sus paraísos doctrinarios es acervo cultural– que el acercamiento carcelario de etarras como paso previo a la amnistía. Al tiempo.

El problema real es que el PP y el PSOE –Mayor Oreja y Redondo Terreros– pudieron gobernar juntos en 2001 en el País Vasco cuando ambos partidos creían en la derrota policial y judicial de ETA. Creían, querían y podían. Lo dinamitó –y se dejaron demoler, claro– Juan Luis Cebrián con una amenaza al PSOE en forma de artículo en El País: El discurso del método. Después llegó lo de Patxi López y Antonio Basagoiti, pero ahí ya no había ninguna intención de lucha por parte de nadie. Y, por último y de golpe, llegó todo lo demás pasando por Atocha: Zapatero, los "accidentes" en la T-4 de Barajas, el "hombre de paz" de Elgoibar, la "vía Chusito" de Eguiguren, los etarras con móviles del Ministerio del Interior y el olvido definitivo a las víctimas.

Desde hace mucho tiempo, ETA tiene escaños, poder y dinero público y ya no le hace falta apretar el gatillo, así que la rendición es la del Estado, el desarmado es el Estado porque los terroristas y todos sus simpatizantes han pasado de la lista de la Interpol al BOE. Esa es la única y dramática realidad que no requiere el servicio de observadores.

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