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Ingeniería social en EEUU

El Estado niñera no nos deja en paz

Últimamente los fanáticos del Estado niñera han estado muy ocupados en la costa este. Hace poco, en California, el gobernador Arnold Schwarzenegger sancionó una ley que prohíbe a los restaurantes utilizar grasas insaturadas artificiales en sus comidas. En Seattle, los miembros del consistorio municipal aprobaron una regulación que exige que los compradores abonen 20 centavos por cada bolsa de plástico o de papel que utilicen en los supermercados, farmacias y tiendas. En Los Ángeles, una nueva "moratoria" prohíbe la apertura de locales de comida rápida en un radio de 32 millas de una zona de la ciudad en la que viven medio millón de personas de bajos ingresos. "En última instancia", afirma el promotor de la moratoria en una nota de prensa, "esta ordenanza pretende dar más opciones". Pero no explica cómo la prohibición de abrir locales de comida rápida en una zona pobre de Los Ángeles va a generar más opciones.

Mientras tanto, en San Francisco, el alcalde Gavin Newson ha propuesto una normativa con carácter de ley referente al reciclado orgánico e inorgánico que obligará a los residentes y a las empresas a clasificar su basura en múltiples contenedores por colores, cuyo contenido será inspeccionado por los basureros locales. El San Francisco Chronicle cuenta que los individuos que no "separen los filtros del café del papel de periódico se enfrentarán a multas de hasta 1.000 dólares y podrían sufrir la interrupción de su servicio de recogida de su basura".

Por supuesto que no es exclusivamente en la Costa Izquierda donde los estatistas paternalistas se dedican a restringir libertades a fin de ahorrarles a personas adultos los problemas derivados de la tomar decisiones por sí mismos. Los reguladores de Boston quieren prohibir la venta de cigarrillos en los comercios y en los recintos universitarios y clausurar de golpe todos los bares de aficionados al tabaco. Para la comisario de salud pública de la ciudad, el hecho de que los productos del tabaco sean legales y de que muchos particulares los disfruten a pesar de sus bien conocidos riesgos para la salud no importa. "¿Por qué –se pregunta indignada– querría alguien vender algo que no ofrece absolutamente ningún beneficio y que acaba matando a mucha gente?"

Los pantalones de rapero, una ridícula moda consistente en llevar los pantalones tan bajos que se muestra la ropa interior, han sido prohibidos en algunos pueblos de Michigan y Luisiana. En Riviera Beach, Florida, donde una iniciativa que prohíbe esta prenda fue aprobada de forma aplastante, a aquellos que los lleven les puede ser impuesta una multa de 150 dólares en el caso de ser la primera vez, y hasta 60 días de cárcel por reincidencia. "No es nuestra intención enriquecernos a base de multas ni encerrar a la gente – insistía el alcalde Thomas Masters –. Se trata de enviar un mensaje simple: súbase los pantalones."

Hubo un tiempo –los lectores más jóvenes encontrarán esto llamativo– en el que la sociedad era capaz de transmitir ese tipo de mensajes con mucha eficacia sin tener que recurrir a un procedimiento judicial. También hubo un tiempo en el que los adultos podían decidir por su cuenta si comerse un Big Mac para comer, llevarse a casa sus compras en una bolsa desechable o comprar un paquete de habanos en la tienda de la esquina. Que algunas personas desaprobaran sus elecciones no se consideraba razón suficiente para desplegar el poder policial del Estado. Se sobreentendía que la libertad incluía por fuerza las elecciones poco sabias. Pero ya no es así. Los políticos de hoy pueden invocar la "libertad de elección" cuando predican las virtudes del aborto, pero que los ciudadanos podamos escoger por nosotros mismos resulta intolerable cuando se refiere a asuntos que ellos consideren verdaderamente importantes.

Así, Hillary Clinton, haciendo campaña a principios de este año en Zanesville, Ohio, aprobaba la acción pública para inducir a los particulares a "dejar de fumar, hacer más ejercicio, comer de forma sana, tomarse sus vitaminas". En 2007, John Edwards dijo a los votantes de Iowa que, bajo su propuesta de atención médica universal, "no se podrá elegir no ir al médico (...). Tendrá que ir, hacerse un chequeo y asegurarse de que está bien". John McCain, coautor de una egregia ley de financiación de campañas electorales, es inflexible en que no se debe permitir a los electores ejercer su libertad de expresión amparada por la Primera Enmienda sin la ayuda de Washington. Dice que "prefiero tener un Gobierno limpio antes que uno corrupto en el que se respeten los derechos de la Primera Enmienda. Si tuviera que elegir, preferiría tener un Gobierno limpio". Si yo tuviera que elegir, preferiría la Primera Enmienda. Pero el Congreso retiró la posibilidad de escoger esa opción.

No existe límite a las ideas que los intervencionistas del Estado niñera pueden poner en práctica para salvarnos de nosotros mismos. En Dallas es ilegal mostrar públicamente un arma de juguete. Los reguladores energéticos de California han presentado una propuesta para exigir por ley que hogares y edificios instalen termostatos que el Gobierno pueda controlar a distancia. El guión de Jersey Boys, un musical sobre Frankie Valli y los Four Seasons, tuvo que ser retocado después de que una espectadora de Chicago denunciase que los actores encendían un pitillo en el escenario, violando así la prohibición municipal de consumo de tabaco.

En su día los estadounidenses entendían que la vigilancia eterna era el precio de la libertad. Bueno, eso fue entonces. Los norteamericanos de hoy emplean su tiempo en aprender lecciones más importantes, tales como "apague ese cigarrillo" y "súbase los pantalones".

Jeff Jacoby, columnista del Boston Globe

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