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Del Duque de Alba a Rajoy, pasando por Franco

No es necesario haber leído a Orwell para darse cuenta de que el pasado provoca efectos muy serios en el presente.

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Mariano Rajoy, en el Senado | EFE

Cenando hace unos quince años en una ciudad de la Lombardía más septentrional y fabril, a un par de kilómetros de la frontera suiza. Vivero de votantes de la Lega Nord –ésa de la que los romanos dicen que "La Lega ci fa una sega"– en los tiempos heroicos de Umberto Bossi.

–Una de las cosas que más me sorprenden de Italia son las enormes diferencias entre sus regiones. No parecen estar en el mismo país. Ni siquiera en el mismo continente. Supongo que, visto desde el orden milanés, será difícil comprender y admitir el caos napolitano –dijo el amable inglés pretendiendo halagar a sus anfitriones lombardos–. ¿A qué se deberá?

–Bueno –disparó el militante liguista con la mejor de sus sonrisas y la peor de sus intenciones–, hay que tener en cuenta que Nápoles perteneció a España...

–Efectivamente. Como Lombardía –zanjó el españolito que suscribe.

Si estas palabras pueden oírse en la muy católica Italia, no será difícil imaginar las que circulan a orillas del Mar del Norte desde aquellos lejanos tiempos en los que las hollaron los tercios del Duque de Alba, el coco de los niños holandeses. Porque entre los protestantes (o exprotestantes, tanto monta) sigue muy vivo el complejo de superioridad sobre los católicos, intrínsecamente atrasados e inevitablemente autoritarios.

No es necesario haber leído a Orwell para darse cuenta de que el pasado provoca efectos muy serios en el presente. Ahí tienen al alcalde de Amberes, Bart de Wever, dando la bienvenida al honorable fugado subiendo a las redes sociales un grabado de su ciudad asolada por la "furia española" en 1576. La misma furia española que, al parecer, ha vuelto a desencadenarse en 2017, esta vez contra los virtuosos, pacíficos y democráticos gobernantes catalanes por la minucia de haber construido un régimen totalitario, dado un golpe de Estado y provocado tal tensión que todavía está por ver si no acaba corriendo la sangre. ¡Lástima que quien había gobernado los Países Bajos durante los últimos tres años, sometiendo repetidamente a los rebeldes –como en la aplastante victoria de Mook– y falleciendo pocos meses antes del citado saqueo de 1576, no fuese el castellano Duque de Alba, sino el catalán Luis de Requesens!

¡Larga tradición, por cierto, la de los grabados flamencos con propósitos políticos! Muy influyente fue Théodore de Bry, creador en 1597 de las abracadabrantes ilustraciones de españoles cocinando indios que acompañaron durante varios siglos las reediciones de la Brevísima de Las Casas aparecidas en Holanda, Francia, Inglaterra o los Estados Unidos cada vez que convenía justificar alguna acción contra España: la propia guerra de Flandes, la conquista inglesa de Jamaica, la guerra franco-española de 1640, las emancipaciones americanas de principios del XIX o la guerra de Cuba. Pues, aparte de que los dibujitos soportan cualquier disparate, con ellos se ahorra uno argumentar y consigue influir hasta en el más obtuso de los entendimientos. ¿Qué sucedería si algún día a algún gobernante español, como argumento político contra Bélgica, se le ocurriese distribuir por ahí, no ya dibujitos fantasiosos del siglo XVI, sino fotografías del genocidio congoleño a manos de los belgas en el siglo XX?

Pero los pecados de España no concluyeron con Felipe II, naturalmente, ya que en el siglo XX rebrotó su incurable autoritarismo personificado nada más y nada menos que en el vencedor de aquella guerra civil que enfrentó a la democracia contra el fascismo: Francisco Franco. Ese Franco cuya influencia de ultratumba en Mariano Rajoy ha recordado hace unos días el ex primer ministro socialista belga Elio Di Rupo. Y, claro, si España es eternamente igual a Franco, y Franco es igual a fascismo y fascismo es igual a mal absoluto, España es igual a mal absoluto. Y, por consiguiente, los separatistas representan el bien. Así se razona allende nuestras fronteras. Purita lógica.

Nuestro miope Gobierno no tiene derecho alguno a quejarse, dada su responsabilidad tanto en el atronador silencio sobre la ideología y hechos de nuestros mimados separatistas como en la perpetuación del mito antifranquista incesantemente agitado por dichos separatistas y por la izquierda en lógica defensa de sus intereses. Los actuales gobernantes del Partido Popular, al igual que los presididos por el igualmente inútil Aznar, habrían tenido bastante fácil deslegitimar la pueril historieta de buenos y malos, tabú intocable de la España postransicional. E incluso habrían podido recordar que, con todos sus defectos, las fuerzas que se alzaron el 18 de julio de 1936 lo hicieron contra el bolchevismo, "la aberración política más grande que han conocido los siglos", contra la que se habían batido los alistados en "la gran cruzada anti-Komintern", según palabras del muy autorizado socialista Julián Besteiro.

Pero como esto habría sido inimaginable para nuestra mojigata derecha, habría bastado con que hubiera sido coherente con el borrón y cuenta nueva que se supone que se pactó en la Transición y hubiera exigido mantener la historia al margen del debate político. Sin embargo, tampoco eso ha sido posible, debido a tres factores: el insaciable afán de venganza de izquierdistas y separatistas por su derrota de 1939, el analfabetismo de unos derechistas incapaces de entablar un debate ideológico serio y, finalmente, un detalle que no suele mencionarse: el plebeyo resentimiento del rey Juan Carlos hacia quien toreó a su padre cuanto quiso y acabó regalándole la corona cuando quiso.

Aunque nuestros vacuos gobernantes sean incapaces de comprenderlo, las ideas –y la ausencia de ellas– tienen consecuencias. Lo estamos viendo hoy con toda claridad allende nuestras fronteras.

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