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Descolonizaciones toponímicas

Nuestros voluntariosos separatistas avanzan cada día un poco más en su plan de mutación –y de mutilación– nacional.

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Señales adulteradas en el País Vasco | Imagen cedida por el autor

Un diputado filipino de nombre tan poco tagalo como Gary Alejano ha propuesto cambiar el nombre de su país para eliminar los vínculos con el pasado colonial español. Se trata de hacer lo que otras excolonias hicieron antes: Ceilán-Sri Lanka, Guayana Holandesa-Surinam y Rodesia-Zimbabue son casos muy conocidos.

Más cercano es el de Irlanda, donde, tras la independencia, barrieron los topónimos en lengua inglesa. Y al otro lado de la frontera siguen a tortas entre Derry y Londonderry. En cuanto al rompecabezas balcánico, las idas y venidas políticas, sobre todo tras la Primera Guerra Mundial, han provocado mil y un cambios toponímicos. Y tras la segunda hecatombe, media Europa oriental vio cómo desaparecían los nombres germánicos para hacer sitio a sus sustitutos eslavos: Danzig-Gdansk probablemente sea el más famoso.

Pero la descolonización y los cambios de fronteras no son los únicos motivos de sustitución toponímica, ya que los vaivenes ideológicos y religiosos también han tenido gran influencia. Uno de los más contundentes fue el de la milenaria Constantinopla, convertida en Estambul por un Atatürk deseoso de fundar la nueva república turca sobre la extirpación del pasado griego-cristiano hasta en las palabras.

El caso más extremo fue el de una Unión Soviética que sustituyó los antiguos nombres de inspiración religiosa y zarista por homenajes a los dirigentes del nuevo régimen. A Lenin se le adjudicó la guinda del pastel, el San Petersburgo convertido en Leningrado tras un breve paréntesis bélico bajo la forma, menos germánica, de Petrogrado. Pero el principal beneficiario fue un Stalin que prestó su nombre a numerosas ciudades tanto de la propia URSS como de otros países comunistas: Stalingrado es, sin duda, la más conocida. Pero a partir de 1989 se quedó sin ellas. Sic transit gloria mundi.

En España somos maestros en la materia, como lo demuestran cuatro décadas de ingeniería toponímica para sembrar el territorio con marcadores de importancia no pequeña en eso que llaman construcción nacional. Porque no se han cambiado los nombres de lugar para facilitar su identificación, sino para esparcir la semilla separatista. Ningún joven salido de nuestras aulas analfabetizadoras dudará de la no españolidad de unos lugares que tienen unos nombres tan distintos de los de la odiada España.

Nuestros separatistas están convencidos de que mediante el rebautizo de los nombres de lugar se puede cambiar la esencia nacional de las personas. Mediante la eliminación del topónimo en lengua española, la alteración del existente o la simple invención de nuevos términos nunca hasta entonces imaginados, nuestros voluntariosos separatistas avanzan cada día un poco más en su plan de mutación –y de mutilación– nacional. Y lo hacen sin obstáculo digno de mención dada la proverbial ceguera, cuando no el interés, de los políticos españoles de izquierda y derecha.

La primera técnica es la eliminación de los exónimos en lengua española: en todas las cadenas de televisión y radio de ámbito nacional se ha impuesto el uso de los topónimos en las lenguas regionales aunque el locutor esté hablando, evidentemente, en español, absurdo comportamiento que no se extiende a ninguna otra lengua del mundo. Nunca se perpetrará en televisión la cursilería de decir Deutschland, London, Bordeaux o Firenze, sino Alemania, Londres, Burdeos y Florencia, pero las únicas formas posibles de Gerona, Lérida, Fuenterrabía, Orense y La Coruña han de ser, por miedo reverencial a los sacrosantos hechos diferenciales, Girona, Lleida, Hondarribia, Ourense y A Coruña, palabras correctas, propias, naturales, telúricas, auténticas, necesarias, frente a aquéllas, condenadas por artificiosas, por ajenas al espíritu del pueblo, por franquistas.

Pero de un poco antes de Franco, del siglo XIII, nos llega un dato interesante. Pues en el Libre dels feyts de Jaime I el Conquistador, una de las piedras fundacionales de la lengua catalana, su autor menciona la capital del Oñar siete veces como Gerona y cuatro como Girona, lo que demuestra que ambos términos han sido empleados indistintamente desde hace al menos ochocientos años. ¡Y en lengua catalana, sin necesidad de traducción posterior por parte del centralismo madrileño! Lo mismo podría decirse sobre Lérida, también presente en dicha crónica. Lleida, por el contrario, no aparece. Curiosamente, la forma más empleada es Leyda.

En 1720, cinco siglos más tarde de Jaime I y tres antes de nuestros días, el geógrafo Josep Aparici y Fins elaboró el primer mapa de Cataluña organizada en los nuevos corregimientos creados tras el Decreto de Nueva Planta. Los topónimos aparecen, evidentemente, como eran conocidos en la época. La inmensa mayoría de ellos están en la forma que hoy llamaríamos catalana. Pero unos cuantos, y no de los menos importantes, aparecen en la que hoy llamaríamos castellana. Lo que no quiere decir que estuvieran traducidos, sino que los catalanes, hablaran en una u otra lengua, los llamaban así: Rosas (no Roses), Ampurdá (no Empordá), Gerona (no Girona), Lérida (no Lleida) y río Noya (no Anoia), lo que demuestra que hace trescientos años eran topónimos generalmente usados, por lo que no hay ningún motivo histórico ni filológico para hacerlos desaparecer. Solamente político.

En cuanto a la imposición de Ontinyent, Xàtiva, Crevillent y Xàbia como únicas formas oficiales, el atentado contra la tradición toponímica valenciana es igual de escandaloso.

Por no hablar de la juerga que se traen en Galicia, donde la caótica ingeniería toponímica de los imitadores locales del PNV –es decir, el PP– ha provocado que haya localidades en cuyos carteles han convivido varios nombres distintos dependiendo de la carretera por la que se llegase, como la lucense Poboa de San Xulián o Poboa de San Xiao o Pobra de San Xián o Pobra de San Xiao. Aunque los vecinos se empeñen en seguir usando el fascista Puebla de San Julián.

Cabría preguntarse por qué la obsesión por recuperar o inventar toponímicamente un pasado edénico no se ha extendido a la pérfida España castellana, donde a nadie se le ha ocurrido eliminar la palabra Zaragoza para sustituirla por su antecesora Caesaraugusta ni por el primer topónimo de la localidad, el ibero Salduie, ni Cádiz por Agadir, ni Sevilla por Hispalis, ni Castro Urdiales por Flavióbriga.

Puestos a husmear raíces, quizá los separatistas vascosdebieran eliminar los topónimos aparentemente eusquéricos pero de origen romano, como las muchas decenas de ellos terminados en -ain, -ano e -iz, derivados de antropónimos latinos, así como otros muchos como Hernani, Ceberio, Orio, Lemona, Laudio, Oyarzun o Bidasoa. No hacerlo sería un insulto a la soberanía originaria de los vascos.

Y, por otro lado, nuestros beneméritos gobernantes deberían estudiar la eliminación de los topónimos medievales que atestiguan la ocupación por vascos y navarros de muchos territorios ganados violentamente a los musulmanes: las decenas de Báscones, Villabáscones, Bascuñuelos, Basconcillos, Bascuñanas, Vizcaínos, Gascueñas, Narros, Naharros y Narrillos esparcidos por doquier.

No hacerlo sería una vergonzosa aceptación de la colonización vasconavarra del Estado Estatal y, lo que es mucho más grave, un intolerable insulto a la Alianza de Civilizaciones.

En España

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