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Las lenguas propias no existen

¿Por qué el catalán es una lengua propia y por qué es la lengua propia de Cataluña? ¿Acaso Cataluña habla?

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Hace un par de semanas se reunieron en Sitges varias asociaciones de profesores separatistas de las nacionalidades históricas y sus colonias con el fin de redactar el así llamado Manifest de Sitges per les llengües pròpies.

De sus deliberaciones se deduce que en el único país del mundo donde, ante la delictiva parálisis de los gobernantes, se obstaculiza el uso de la lengua mayoritaria y común, las lenguas asediadas son las demás. Y, según parece, además de asediadas también están minorizadas, cursi neopalabreja sugeridora del siempre rentable victimismo y empleada para no decir de ámbito regional.

Sorprende, por otro lado, que proclamen que "las comunidades lingüísticas tienen el derecho y la obligación de organizar sus sistemas educativos en sus lenguas a partir de la realidad o las necesidades de la sociedad". Pues el hostigamiento a la lengua mayoritaria en todas sus regiones demuestra que sus camaradas gobernantes llevan décadas dando la espalda a una realidad y unas necesidades perceptibles con sólo sacar la oreja cinco minutos a la calle.

El intrínseco totalitarismo de estos paladines de la democracia se evidencia en su queja de que "estas lenguas propias todavía no están normalizadas". Hermosa confesión de inutilidad: cuatro décadas de ahogamiento, perdón, de inmersión, y siguen sin conseguir sus objetivos de construcción nacional.

La culpa de semejante desaguisado la comparten, evidentemente, Franco aunque lleve muerto cuarenta años, Felipe V aunque lleve trescientos, Fernando el Católico por casarse con aquella falangista, su tocayo de Antequera por dar el golpe de Estado de Caspe, el Cid por presidir la Asociación Nacional del Rifle, Recaredo por papista y César Augusto por no respetar el derecho de autodeterminación de los pueblos.

Y la consecuencia ya se sabe cuál es: todo aquel que no mame en casa, emplee en la escuela y hable en su vida diaria la lengua endiosada por estos democratísimos linguócratas es un anormal. Por eso ha de ser normalizado.

Pero lo más enjundioso es, sin duda, la portentosa bobada de las lenguas propias. Se trata de un título nobiliario, consagrado estatutariamente en el gozoso amanecer del Estado de las Autonomías, sobre el que descansa la preferencia de la que gozan estas lenguas asediadas y el subsiguiente apartamiento de la lengua de ámbito nacional, fenómeno que provoca admiración entre nuestros socios europeos. Pero no por estar proclamada por un charlamento y plasmada en un texto legal una bobada deja de serlo.

Ya que estamos en Sitges centrémonos en el caso catalán, aunque el argumento sea extensible, punto por punto, a las demás regiones. ¿Por qué el catalán es una lengua propia y por qué es la lengua propia de Cataluña? ¿Acaso Cataluña habla? La respuesta será, obviamente, que lo que se quiso decir es que es la lengua propia de los catalanes. Pero entonces, ¿por qué no se estableció así en el Estatuto y por qué los reunidos en Sitges siguen hablando de "territorios con lenguas propias"? Porque de la afirmación de que una lengua es la de un territorio –una lengua, por lo tanto, inhumana– podría inferirse el derecho de dicho territorio a imponer su lengua a todos los que vivan en él o el de una lengua a tener hablantes obligatorios, como si fueran sus prisioneros. Y si no se quiso decir eso, habría que haber empezado siendo claros. Pero la claridad en la expresión es consecuencia de la claridad de ideas, y no sólo para elaborar textos jurídicos.

Si lo que se quiso decir es que se trata de la lengua propia de los catalanes, bastará con preguntarles qué lengua hablan. Pero si resulta que los catalanes hablan muy mayoritariemente dos lenguas, ¿por qué sólo una de las dos es propia de ellos? ¿La otra es impropia? ¿De donde viene la propiedad de una y la impropiedad de la otra? ¿De su porcentaje de uso tanto oral como escrito, tanto en el pasado como en el presente? Porque tirando de ese hilo quizá llegásemos a la conclusión opuesta.

Con esto llegaremos probablemente al quid de la cuestión: la precedencia temporal. Pero tampoco se comprende por qué razón se tiene por despreciable el hecho de que ya en tiempos medievales la lengua del reino central y más populoso de la península se conociese, usase y escribiese frecuentemente tanto en Cataluña como en otros territorios en los que se hablaban otras lenguas. Por no hablar de los territorios catalanes de reconquista tardía –Lérida, por ejemplo– en los que se habló el romance mozárabe –y el árabe, no se olvide– al mismo tiempo o incluso antes que el romance catalán.

Pero si la precedencia temporal es lo que otorga la categoría de lengua propia, entonces el catalán no es la lengua propia de Cataluña, pues antes que ella estuvo el latín. Claro que entonces la lengua propia de Ampurias no sería el latín, sino el griego. Y en Barcelona y Tarragona habría que tener en cuenta el cartaginés. Y con todavía mayor derecho, el conjunto de lenguas que hablaban los layetanos, lacetanos, ausetanos, ilergetes e indigetes antes de ser conquistados por las legiones portadoras del latín.

Lo mismo sucede en cualquier otra parte de Europa. Pues el francés, lengua producto de la conquista romana, no es la lengua propia de los franceses: Vercingétorix, el de Alesia, no hablaba francés. Los ingleses tampoco hablan su lengua propia, ya que la de Shakespeare es la lengua germánica impuesta por anglos, jutos y sajones a los nativos britanos, que hablaban una lengua céltica. Es más, la lengua propia de los ingleses que no hablan los ingleses es la que hoy hablan los bretones de Francia, descendientes de aquellos britanos. Y los florentinos, que presumen de hablar el mejor italiano, tampoco hablan su lengua propia, pues en la actual Toscana se hablaba etrusco antes de que fuera conquistada por sus vecinos del Lacio. Habrá que reescribir las historias de la literatura universal: Dante, el forjador de la lengua italiana, no escribió en su lengua propia.

Pero da igual. Cualquier argumento sobra. El catecismo nacionalista establece –y el rebaño bala y obedece– que sólo la lengua catalana es propia, autóctona, natural, inmanente, necesaria. La otra es de fuera, impuesta, contingente, extraña y, por lo tanto, prescindible, a pesar de que los catalanes lleven siglos hablándola. Un catalán castellanohablante es un error, un horror, un colono, un enemigo, un traidor. Un anormal.

Y si su fanatismo nacional-ideológico se lo permite, reflexionen los camaradas linguócratas reunidos en Sitges sobre el detalle de que, para entenderse entre ellos, hablaron, evidentemente, en serbocroata.

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