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Que se partan la cara los demás

La naturaleza humana siempre será la misma: tanto la de los listos manipuladores como la de los tontos manipulados.

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La Historia es maestra de la vida. Cuando estalló en 1868 la primera guerra separatista cubana, España entera dio un paso al frente. Ante las primeras noticias que llegaban de la otra orilla del Atlántico, ciento veintiocho hombres de negocios barceloneses pidieron a la Diputación de su provincia que organizara un cuerpo de voluntarios, cuyos gastos se comprometieron a cubrir mediante una suscripción patriótica. El Diario de Barcelona pidió a sus paisanos que fuesen prácticos:

Los que quieran salvar a Cuba, los que quieran conservar a nuestra agricultura, a nuestra industria, a nuestro comercio y a nuestra marina mercante el principal si no el único mercado que hoy le queda, han de estar dispuestos a ofrecer al gobierno no estériles votos ni afeminadas lamentaciones, sino auxilios positivos en hombres y dinero.

Efectivamente, para Cuba partieron tres mil seiscientos voluntarios catalanes, cifra que triplicó el número de quintos que debían salir en el reemplazo de ese año. Naturalmente, ni uno solo de los acaudalados empresarios catalanes, que tanto tenían que perder, estuvo entre quienes ofrendaron a la patria la única cosa que tenían: su vida.

Pasaron treinta años. "Hasta el último hombre y hasta la última peseta" fue la consigna repetida por todos en la España de 1898. Una vez más, los empresarios catalanes, los más belicistas e imperialistas de todo el país, se olvidaron de lo del "último hombre", se abstuvieron de empuñar las armas y pagaron los trescientos duros necesarios para que algún paisano ocupase su puesto.

En 1909, cuando la cosa se puso calentita durante la Semana Trágica, la Lliga de Prat de la Riba y Cambó cerró filas con el Gobierno contra los revolucionarios, cuya delación pidió a los ciudadanos desde la prensa adicta. Los lliguistas se distinguieron por su ferocidad contra el chivo expiatorio Ferrer Guardia tanto en vida como tras su fusilamiento. Joan Maragall envió a La Veu de Catalunya un artículo, titulado "La ciutat del perdó", en el que reclamó a los barceloneses que imploraran al rey el perdón para Ferrer y los demás condenados a muerte. Prat de la Riba se negó a publicarlo porque, como explicó por carta a Maragall, habría sido una irresponsabilidad por parte de la Lliga abandonar al Gobierno de Maura en su tarea de restablecimiento del orden público.

Una década más tarde llegó el terrorismo anarquista. La Lliga pidió al Gobierno que nombrara gobernador al rudo general Severiano Martínez Anido. Los empresarios quedaron encantados con su eficacia tanto con procedimientos reglamentarios como con la Ley de Fugas. Pero también se alzaron voces para protestar contra la utilización del Ejército como guardia pretoriana de los industriales catalanes. Una de ellas fue la de Unamuno, que acusó a Anido de "servir a la constitución autonómica de la Lliga en contra de la Constitución del Reino de España". Cuando el Gobierno le destituyó, setenta corporaciones catalanas, con el Fomento del Trabajo Nacional y la Cámara de Comercio al frente, solicitaron al Gobierno la intervención del Ejército para poner fin al terrorismo.

Así sucedería dos años después, cuando la Lliga fue el principal apoyo del golpe primorriverista. Con estas palabras lo recordaría Cambó:

Fueron las campañas catalanistas contra los gobiernos parlamentarios las que crearon en Barcelona el ambiente necesario para que pudiese estallar el golpe de Estado.

Y en una carta a un amigo suyo, publicada años después, consideró "la actitud de los militares como la única dulzura que en unos años amargos hemos podido gustar".

En 1936 las cosas se pondrían más feas todavía, con la revolución marxista llamando a la puerta de casa. Y de nuevo Cambó y la cúpula lliguista, desde sus cómodos refugios en Francia e Italia, encabezaron la reacción contra el desorden. ¿Cómo? Redactando el manifiesto que secundaron multitud de personalidades catalanas de la política, la empresa y la cultura para proclamar su apoyo a Franco y pedir a los jóvenes catalanes que empuñaran las armas contra la República:

Como catalanes, saludamos a nuestros hermanos que, a millares, venciendo los obstáculos que opone la situación de Cataluña, luchan en las filas del ejército libertador y exhortamos a todos los catalanes a que, tan pronto como materialmente les sea posible, se unan a ellos ofrendando sus vidas para el triunfo de la causa de la civilización en lucha contra la barbarie anarquista y comunista.

Casi un siglo después, las cosas siguen igual, aunque ahora haya tocado apostar el dinero en una casilla diferente. Los señoritos, calientes en sus casas y despachos; y el rebaño de clónicos mentales haciéndoles el trabajo sucio y poniendo la cara por ellos. ¿Sabe usted, amigo lector, por qué Cicerón dijo hace ya algunos años que la Historia es maestra de la vida? Porque la naturaleza humana siempre será la misma: tanto la de los listos manipuladores como la de los tontos manipulados.

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