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Operación Barack Josep Obamilla

La muchachada de Rodríguez apuesta por Obama, sin plantearse qué hay detrás del candidato, sólo por mera oposición a Bush, el amigo de Ansar. Por eso les resulta tan fácil olvidarse de las amenazas de Barack Hussein a Pakistán a principios de agosto.

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La progresía española anda preocupada. Irak desaparece de las agendas informativas y cede todo el protagonismo a Pakistán y a su paupérrimo satélite afgano. La presencia de tropas españolas en un Afganistán convertido en gigantesco polvorín podría empeorar, si Rajoy no lo remedia, la imagen que los progres tienen del gobierno Rodríguez. Y, de repente, sucede. Pequeño balón de oxígeno centrado por David Petraeus quien, cual vulgar caudillo del PNV, expone que los talibanes no pueden ser derrotados únicamente en el plano militar. Pero la alegría apenas dura unas horas, cuando el máximo jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán, general David McKiernan, solicita el envío urgente de 10.000 tropas. Remata la faena el Senado con la aprobación de un acuerdo nuclear con la India, país que todavía no ha firmado el Tratado de No Proliferación de armas nucleares.

La muchachada de Rodríguez apuesta por Obama, sin plantearse qué hay detrás del candidato, sólo por mera oposición a Bush, el amigo de Ansar. Por eso les resulta tan fácil olvidarse de las amenazas de Barack Hussein a Pakistán a principios de agosto: "Si tenemos datos de inteligencia certeros sobre objetivos terroristas de alto perfil y el presidente Musharraf no actúa, nosotros actuaremos". Puede que se tratara de electoralismo puro y duro para imponerse a Hillary Clinton, pero Pakistán parece irse perfilándose como el próximo objetivo de un peso pesado con graves problemas internos. Y si Pakistán estornuda, a las tropas españolas en Afganistán les esperan, lamentablemente, tiempos muy duros. Si empiezan a llegar ataúdes a Barajas, una España en crisis podría, fácilmente, canalizar su rabia y frustración a través de otro “no a la guerra”.

La propuesta Barack ya se planteó hace unos años con Colin Powell. En noviembre de 1995, sin embargo, Powell anunció que no se presentaría a las primarias republicanas para las presidenciales de 1996. En los medios se barajó la posibilidad de que su esposa lo hubiera convencido por temor a que fuera asesinado a causa de su color de piel. Trece años después, Barack Hussein ofrece inmensas posibilidades a un establishment necesitado de un extreme makeover en el mundo. En el ámbito estadounidense, como expone el gran Manuel Molares do Val, “quizás lo ven como una adorable mascota, como hacen muchos blancos con los negros amistosos, según denuncia el gran pensador negro Thomas Sowell”. En el exterior, su nombre y aspecto ayudarán, si se hace con la presidencia, a suavizar la apariencia de la que, sin duda, va a ser una política exterior muy agresiva y necesitada de aliados y de opiniones públicas desorientadas.

¿Y en los desiertos cercanos? En esta España desaparecida del escenario internacional, muchos ven a Obama como una versión gringa de Rodríguez Zapatero y no dudan en rebautizarlo como Obambi, pero las formas del candidato al extreme makeover hacen pensar más bien en un Obamilla, versión mestiza (que no negra) del president de Iznájar. Aquí cabe un ejercicio de memoria histórica, protagonizada por el ex ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, cuando comentó hace casi tres años que el entonces primer secretario del PSC, José Montilla, no podría ser candidato a las elecciones en Cataluña porque "es cojonudo para mil cosas, pero es muy pronto para un charnego”. Los hechos han demostrado que un tipo de Iznájar sí puede hacerse con la presidencia de la Generalitat –aunque sea gracias al empeño suicida del Pasqual Bush de turno–, precisamente para desarrollar una política nacionalista mucho más agresiva que la de los separatistas con pedigrí y, por ello, con muchas menos resistencias en el ámbito doméstico y en la resta de l´Estat, ese mare nostrum. Así que los terroristas de Al Qaeda deberían rezar para que no gane Obamilla, porque las formas, aunque no lo parezca, cuentan, y mucho, en los desiertos lejanos.

Para España, la victoria de Obama o McCain no va a tener demasiadas consecuencias, salvo en el discurso socialista que, en caso de triunfo demócrata, podrá al fin presentar el conflicto de Afganistán como lo que es: una guerra que, en opinión del general Dan McNeill, precisará de 400.000 hombres para pacificar el país. Además, el vencedor en las presidenciales seguirá estrechando lazos con el régimen responsable de la operación Noirot, que redundarán en la progresiva jibarización de España, salvo que Aznar, nuestro Águila Roja, decida contar todo lo que sabe, por mucho que nos duela.

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