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Un embajador, dos Estados

El nombramiento de David Friedman como embajador de EEUU en Israel parece una muy sensata decisión de Donald Trump.

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David Friedman y Donald Trump | Archivo

Haaretz informa de que J Street y otras organizaciones judías de izquierda creen que pueden convertir la designación del abogado David Friedman como embajador de EEUU en Israel en un test sobre su fuerza en el Capitolio. Pues bien, igual el resultado no sería el por ellos deseado. La idea de que la designación de un embajador por parte de un presidente pueda anularse como consecuencia de declaraciones proferidas por el sujeto en cuestión diametralmente opuestas al punto de vista de una Administración distinta a la que servirá es harto extraña.

La controversia a propósito de su pública oposición a la solución de los dos Estados no tiene tanto que ver con Friedman como con las ilusiones respecto del proceso de paz que siguen albergando sus críticos de izquierda y sus altavoces mediáticos. Y Friedman no parece que vaya a suscitar mucha oposición en el Senado, controlado por los republicanos y que estará inclinado a respetar, como es norma, el derecho del presidente a elegir a gente de su confianza para puestos clave.

Se asume que buena parte de los embajadores que nombran los presidentes son socios, contribuyentes o aliados políticos del presidente. Así se comportó Obama y así se comportará Trump –y cualquier otro presidente–. Las únicas razones por las que estos nombramientos pueden ser bloqueados atañen a la integridad de los candidatos –Friedman está libre de sospecha–, no a si una persona ajena a la política como Friedman se ha refrenado a la hora de expresar opiniones controvertidas. Además, la condición de Friedman de amigo del presidente electo y asesor destacado sobre cuestiones de Oriente Medio lo convierten en un candidato ideal para el cargo. Tener como representante de EEUU en Israel a alguien que con una precisa idea de lo que piensa su amigo Trump tiene más sentido que enviar a un veterano del Departamento de Estado hostil al nuevo mandatario.

Pero la gran cuestión aquí es la política.

La de los dos Estados sigue siendo la solución ideal para resolver el conflicto entre Israel y los palestinos. Pero muchos de los que ritualmente la apoyan y quedan paralizados ante la idea de que un escéptico sea el embajador en Israel no están dispuestos a reflexionar seriamente sobre por qué no se ha aplicado. A diferencia del presidente Obama y demás críticos del Gobierno Netanyahu, Friedman entiende perfectamente que la negativa palestina a aceptar ofertas de paz que impliquen la creación del Estado palestino no es un detalle menor que quepa ignorar o racionalizar, como hacen sus críticos. He aquí el auténtico obstáculo para la paz.

Es un artículo de fe de los judíos de izquierdas que todo aquel que simpatice con el Gobierno Netanyahu o con el movimiento de los colonos, como Friedman, es de alguna manera contrario a la paz. Pero las ideas de Friedman reflejan una comprensión de la realidad del conflicto y de los puntos de vista de quienes votaron por el Gobierno israelí de la que carecen sus críticos. Como ha dicho Netanyahu repetidas veces, Israel abrazará la solución de los dos Estados, pero sólo a cambio de un acuerdo de paz.

Si el nombramiento de Friedman indica que Trump tratará de no revertir la negativa de Israel a hacer concesiones suicidas y descartará la idea de que es deber de América salvar a Israel de sí mismo, todos los amigos del Estado judío deberían saludarlo. Lo mismo cabe decir del apoyo de Friedman a la idea de acabar con la ilógica y dañina política americana de negarse a aceptar ni siquiera que Jerusalén Occidental es territorio de Israel y la sede de su capital. En vez de un signo de extremismo, la elección que ha hecho Trump puede ser indicio de un nuevo realismo en Washington.

© Revista El MedioCommentary

Jonathan S. Tobin, editor jefe online de la revista Commentary.

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