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El discurso que jamás leyó Nixon

En él se esconden algunas claves para entender el escenario de uno de los avances más osados del hombre.

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Como epílogo de una larga semana dedicada a recordar a Neil Armstrong, algunos medios han mostrado el discurso que Nixon tenía en el cajón por si la misión dedicada a llevar a los primeros seres humanos a la Luna fracasaba. Las probabilidades de que el presidente de los Estados Unidos tuviera que dirigirse a la nación para explicar la pérdida de vidas humanas en suelo selenita no eran pocas. Así que más valía preparar una puesta en escena suficientemente conmovedora para el caso.

El encargado de escribir el cocodrilo más famoso de la historia fue el columnista del New York Times Bill Saphire, premio Pulitzer en 1978. (En la profesión periodística se llama cocodrilo a los obituarios escritos mientras el personaje en cuestión sigue vivo, y que muchas redacciones guardan en el archivo en previsión del fatal desenlace). Afortunadamente, el discurso quedó sin pronunciar. A cambio, Nixon tuvo la oportunidad de hablar telefónicamente con los dos hombres que acariciaban la Luna con la suela de sus botas. Sus palabras sonaron, sin serlo, más espontáneas que las de una supuesta elegía:

–Hola, Buzz, Neil... Os llamo desde el Despacho Oval de la Casa Blanca, en la que sin duda es la llamada telefónica más importante de la historia de la humanidad...

No carece de interés leer ahora el plan B establecido, el discurso fúnebre que Nixon jamás leyó, porque en él se esconden algunas claves para entender el escenario de uno de los avances más osados del hombre.

El párrafo de introducción dice más de lo que parece:

El destino ha querido que los hombres que fueron enviados a la Luna en misión de paz permanezcan en la Luna para descansar en paz.

Ni en la introducción ni en ningún otro segmento de los dos folios escritos aparecen las palabras muerte o accidente... Posiblemente lo que más aterrorizara a los contritos ciudadanos estadounidenses en aquellos años de prehistoria espacial era la probabilidad no pequeña de que sus héroes no murieran en la Luna, sino que, simplemente, quedaran atrapados en ella. Hubo otras víctimas de la carrera espacial antes, y las habría después. Pero nadie había visto en directo cómo dos seres humanos eran depositados en un suelo ajeno al terrestre. ¿Y si hubiera sido imposible volver al módulo Eagle? ¿Y si hubiera vivido la humanidad unos días (quién sabe cuántos) siendo consciente, al mirar a la Luna, de que allí había dos o tres hombres vivos, padeciendo horrores desconocidos, sin posibilidad de rescate?

El discurso de Nixon lo dejaba claro:

Esos hombres valientes, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza para su rescate. Pero también saben que su sacrificio concede esperanza a la humanidad.

Los asesores de la Casa Blanca conocían bien los miedos a los que debían enfrentarse. El discurso no menciona a Michael Collins, el tercer astronauta, que permaneció en el módulo Columbia orbitando la Luna mientras sus compañeros de viaje hacían historia pisando el satélite. Lo auténticamente novedoso y espeluznante de la misión Apolo 11 era el breve recorrido entre el Columbia y la superficie lunar. Un recorrido sólo para dos hombres que debía ser de ida y vuelta. Si la nave hubiera explotado antes de llegar a la órbita de Selene, si los astronautas hubieran muerto en su reentrada a la atmósfera, ¿habrían sido igual de emotivas las palabras del presidente?

Probablemente no. En cierta medida, al ciudadano del siglo XX, bragado en guerras y desastres, la muerte súbita no le aterroriza tanto como el vagar incierto de dos almas en el espacio lejano.

Más de 40 años después, las cosas no han cambiado tanto. Seguimos pensando en mandar algún día más hombres y mujeres al espacio. Se sueña con mantener para siempre la Estación Espacial Internacional y con pisar Marte. Pero en cualquiera de los casos el destino de los astronautas es incierto. Contamos con herramientas tecnológicas suficientes para rescatar personal en órbita dentro de la ISS, y con vehículos de ida y vuelta para emergencias. Pero un viaje a Marte, de más de tres años de duración en el mejor de los casos, expondría a la tripulación a una certeza similar a la que tenían en la cabeza Aldrin y Armstrong... Si algo sale mal, vagarán por el Cosmos sin posibilidad sencilla de recuperación. Entonces cobrarían sentido las últimas palabras del discurso que Nixon jamás leyó:

En la Antigüedad, los seres humanos miraban a las estrellas y veían a sus héroes en las constelaciones. En los tiempos modernos hacemos lo mismo, pero nuestros héroes son de carne y hueso.

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