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Estos días hemos sabido del más que probable cierre de una empresa extranjera en España, Delphi. Ante esta situación el Gobierno ha salido a la palestra para defender a los trabajadores, a España y a cualquiera que le pueda reportar votos. Una medida muy conveniente para el PSOE, pero nefasta para la economía.
Para ver un poco mejor el sinsentido de esta medida, alarguemos este intervencionismo al infinito: ante la posibilidad que una empresa cierre, el Gobierno interviene para que ésta siga abierta. Este tipo de intervencionismo nos llevaría a la contradicción del propio sistema capitalista, llegaríamos a la eliminación de la diversidad de productos y precios. Al final, el incentivo de la oferta no sería el beneficio de la demanda o consumidor, sino conseguir las rentas proporcionadas por el Estado.
Esto nos llevaría a la mayor contradicción del capitalismo: tendríamos una estructura productiva plana, inerte, socialista. En este contexto no hay ningún incentivo real para invertir, descubrir necesidades ni avanzar. Si siguiéramos este proceso, dentro de cincuenta años, por poner una fecha, tendríamos el mismo tejido productivo que ahora. El problema es que los países que hubiesen abrazado el capitalismo no estarían como nosotros, sino mucho más avanzados: tendrían una estructura productiva dinámica, rica, diversa, libre y próspera. En algún momento, su superioridad económica acabaría ahogando nuestro bienestar y dejaríamos de ser competitivos para convirtiéndonos en un país subdesarrollado más.
Fíjese en los países comunistas donde siempre había pleno empleo. Mientras las naciones civilizadas avanzan y su bienestar crece, los socialistas se quedan estancados, la pobreza aumenta, la gente quiere escapar de ellos y son incapaces de competir contra nadie. Por el contrario, los países más capitalistas son los más ricos y los que disfrutan de mayor bienestar. Precisamente han sido los antiguos países de la Unión Soviética quienes mejor han acogido al capitalismo y han tenido unos incrementos en bienestar espectaculares. Sería absurdo afirmar que ahora están peor que antes.
Mantener empresas que la gente –o lo que es lo mismo, el mercado– ya no quiere para ganar votos es cerrar la puerta al progreso y a las libres decisiones de los consumidores. Cuando el Gobierno evita un cierre empresarial apoya abiertamente la ineficiencia, el parasitismo y el retroceso económico, creando además una falsa sensación de seguridad laboral y productiva que acaba pagando la sociedad entera con mayores impuestos y desempleo, un mercado laboral rígido e ineficiente y menor diversidad económica. Justo lo que tenemos en España.
La obsesión cortoplacista del Gobierno en detrimento del largo plazo, de la que mantener empresas improductivas que no tienen futuro inmediato no es más que un ejemplo, resta capacidad de riqueza a la comunidad. Localiza los recursos útiles (capital, factor humano...) en labores no productivas. Podemos resumirlo en la expresión: "pan para hoy, hambre para mañana".
Mientras que la economía es una ciencia, la política, tal y como vemos cada día, no es más que la manipulación de los sentimientos para conseguir beneficios a corto plazo a expensas del resto de la sociedad. Mezclar economía con política no hará variar las leyes esenciales de la ciencia económica, sólo nos sumergirá en una ficción de bienestar que nos hará más pobres.

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