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A la izquierda progre siempre le ha gustado pensar que la derecha es desestabilizadora y golpista. Porque la historia de España es, para estos progres, la historia de dos mitades, una que sueña con un mundo solidario y otra que se dedica a frustrarlo continuamente. Y dibujan una derecha violenta, subversiva; con el ejército en ristre. Es una izquierda defensora de una historia consensuada, que sólo entiende de sociedades uniformes, articuladas en torno a un único paradigma, una única verdad, un pensamiento único.
Discrepar es mentar la bicha, tanto como cuestionar la verdad oficial cuando gobierna la izquierda. El discrepante se convierte en un ejemplo de la derecha histórica, en un golpista, el desestabilizador de un mundo más solidario. "¡Es que –dice el progre– la naturaleza de la derecha española ha sido ésta! ¡El golpe de Estado!". Pues no. En nuestra historia contemporánea, los pronunciamientos, rebeliones, algaradas, insurrecciones, golpes, huelgas revolucionarias y asimilados los han protagonizado abrumadoramente lo que en cada circunstancia histórica fue la izquierda política.
Progresistas, republicanos, federales, socialistas y anarquistas patentaron las barricadas y el "¡Abajo lo existente!". Y lo hicieron tantas veces que alguna vez hasta acertaron y nos libraron de algún que otro peso muerto. Pero ya lo decía Cánovas, un hombre honrado sólo participa en una revolución, y eso porque no sabe lo que es.
Pero hoy no es ayer, claro, ni estamos en los años treinta del siglo XX. La desestabilización de una democracia tiene otras formas, y las ideologías, entre otras cosas, son distintas. Hoy, la izquierda ha quedado reducida a un cierto buenismo solidario, prejuicios progres y rencor, pero mantiene la utopía de una sociedad uniforme.
No es de extrañar, entonces, que a las críticas al "proceso de paz" o a la instrucción del 11-M le haya seguido la retahíla de insultos e invectivas. Convertida la política del Gobierno socialista en la verdad oficial, no cabe, en consecuencia, una crítica que busque el respeto al Estado de Derecho. Porque la tolerancia del progre termina donde empieza la opinión del discrepante, que se transforma inmediatamente en un desestabilizador. Roto el nirvana de la verdad oficial, el que ha osado cuestionar ésta tiene que desaparecer, como dijo el corresponsal de El País en París.
Ajeno a la sesuda filosofía del "y tú más", creo que la democracia liberal se asienta sobre la garantía y el reconocimiento de la pluralidad. Y la ley, democrática por su origen y contenido, es la única con capacidad para señalar a los que hacen mal uso de ese Estado de Derecho. Pero el progre añora el "delito de opinión" –inexistente en nuestro ordenamiento jurídico–, qué se le va a hacer.

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