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Resulta enternecedor el mecanismo de conversión de un político más o menos señalado en líder de un partido. El salto suele ser espectacular. El personaje pasa de ser un tipo meritorio pero apocado, justo de luces y escaso de carisma, a representar con la más viva realidad la figura del rey-filósofo. El motor de tan portentosa transfiguración es, efectivamente, el poder o el deseo de tenerlo. En ese cambio, ejemplo sintomático de nuestra vida política, hay dos tipos de reacciones: las de aquellos que crean la imagen del líder y las de los que sufren de alguna manera el coste de dicha mutación.
La política se centra cada vez más en el candidato o en el personaje político elevado a líder. En un contexto de elevada lealtad partidista, como es el español, gran parte de la victoria electoral depende de la imagen de dicho candidato. La ideología, claro, pasa a uno de esos planos cinematográficos en los que todo se ve borroso. Esto es aún más evidente en un entorno en lo que lo políticamente correcto coincide con la mentalidad progre; es decir, Zapatero puede hacer más guiños dialécticos a la izquierda sin sufrir en las encuestas que Rajoy a la derecha.
Las ideas, por tanto, son sacrificables en aras de una imagen más persuasiva. El vestir, el corte de pelo, la corbata, la postura, sus dotes como actor o su saber estar son aspectos más importantes que una defensa sólida de un planteamiento político. Es básico caer bien, de ahí el empeño, por ejemplo, en el "liberalismo simpático"; o la de identificarse con su espectro político, de aquí las referencias al "abuelo de Zapatero". Los que se dedican a construir la personalidad del líder insisten en que debe aparentar carácter presidencial –más que el adversario–, honestidad –siempre se presupone– y dinamismo. Ninguno de los dos líderes españoles alude a su experiencia: Zapatero porque no la tenía antes del año 2004 y Rajoy por creer que el aznarismo no seduce ni persuade al elector de "centro". El eslogan del demócrata Michael Dukakis en 1988 no dejaba lugar a dudas: "No se trata de ideologías, sino de aptitudes".
En ese camino hacia la construcción del líder, hay quien se revuelve, con razón, y denuncia algunos puntos de esa campaña de marketing, especialmente aquellos que más le afectan. Zapatero sufrió ese fuego amigo desde el año 2000 hasta que ganó las elecciones cuatro años después. A partir de entonces, sólo unos pocos socialistas se atrevieron a discrepar públicamente de las políticas gubernamentales, sobre todo en lo referido a la inopinada reforma de los Estatutos de Autonomía. Hoy, silenciados, expulsados o arrinconados, la disidencia no existe en las filas socialistas. En el PP aún resuena el discurso de Rajoy en Elche invitando a los descontentos, más o menos directamente, a irse a otro partido. Poco importa que los que difieren del proyecto arquitectónico del liderazgo, ya sean liberales o neocons, quepan en un taxi. Su voz muestra debilidades, fisuras en el proyecto y, en consecuencia, molesta e irrita a los constructores del rey-filósofo. Lo otro, el debate de ideas, queda lejos, lejísimos.

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