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Progres y terrorismo

ETA, esa gente decente

Una de las más arraigadas creencias del progre es que los regímenes totalitarios han llegado a ser repulsivos porque fueron establecidos por gente repulsiva. Que aquellas buenas ideas acabaron mal porque quien las puso en marcha no era gente decente. Y esto le sirve para el comunismo caribeño, el nacionalismo totalitario y el integrismo islámico. Es preciso para el progre, por tanto, presentar a los que sostienen tales doctrinas, y matan por ellas, como subproductos accidentales de una buena idea, o la lógica consecuencia de un conflicto político.

En España, la progresía no cree que los nacionalismos totalitarios sean nocivos para la libertad. No. Creen que son doctrinas justas, respetables, legítimas e incluso progresistas. Y si existe gente repulsiva que mata por imponerlas y anula la libertad es un mero accidente. La solución del progre es convertir a los repulsivos en gente decente, a los terroristas en amables portavoces, en víctimas de un irresuelto problema sociopolítico.

El progre no comprende que la existencia de una banda asesina es la esencia misma de ese totalitarismo, y que el poder en manos de esa gente sería la eliminación de la libertad y de las personas que la reclamasen. El progre niega que los nacionalismos étnico-lingüísticos sean un problema; al contrario, afirma su superioridad moral sobre cualquier otra doctrina, ideología o planteamiento, incluso por encima de la libertad. ¿Hay que recordar que ser nacionalista o parecerlo es ya obligatorio, o conveniente, en muchas partes de España?

La tarea socialista durante estos años ha sido la de presentar a batasunos y etarras como gente reconvertible, mostrarles como descarriados hijos de un nacionalismo necesario que vuelven a la sensatez gracias a la política zapaterina. Y se reúnen con ellos, incluso inmediatamente después del atentado de la T4, les dan vida oficiosa, esperanza y les cargan de razón.

De esta manera, el negarse a incluir la palabra "libertad" en el lema de la manifestación del sábado, o los lapsus de Zapatero, no son sólo un ardid político, sino el resultado de la mentalidad progre. Pero todo esto no pasaría de ser una extravagancia política sino fuera porque esa reconversión de los repulsivos en gente decente está saliendo muy cara. Cara para la convivencia ciudadana y la credibilidad del Estado de Derecho, el verdadero sustento de la democracia y la libertad.