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Columna publicada el 01-07-2004
La politización de la jefatura del Estado no ha beneficiado históricamente a la estabilidad del gobierno representativo en España. Siempre han existido grupos que han cuestionado la forma del régimen achacándole males seculares, y prometiendo bienes taumatúrgicos con la fórmula contraria. Los partidos alejados del poder, desde 1834, en numerosas ocasiones, señalaron el favoritismo del jefe del Estado hacia una opción política determinada. Y cuando esto no era suficiente, se pretendía desautorizar sus decisiones públicas manchando su vida privada. También se ha dado el fenómeno opuesto, es decir, la apropiación partidista de la figura del jefe del Estado, con los mismos funestos resultados.
La revista socialista El Siglo, en su número de la semana del 12 al 18 de abril, tras la promesa de Zapatero como presidente del Gobierno, titulaba en portada: “El rey, aliviado”. La marcha de Aznar alegraba a D. Juan Carlos que, sonriente en la foto, acogía al líder socialista. El mismo Zapatero, días después, daba a conocer los nombres de los ministros a la opinión pública antes que al rey. Es probable, siguiendo este talante, que informara de la retirada de las tropas de Irak a los medios de comunicación y a Rajoy antes que al rey, que es, entre otras cosas, el jefe de las Fuerzas Armadas. A continuación, Zapatero anunció la convocatoria por urgencia de un pleno extraordinario del Congreso de los Diputados, para informar sobre la decisión del repliegue español en tierras iraquíes. Y todo sin que el rey hubiera hecho aún la apertura oficial de las Cortes. Pero ahí no acaba. Los aliados parlamentarios del PSOE, los antisistema de Esquerra Republicana e Izquierda Unida, quisieron ausentarse de aquella sesión de apertura porque, claro está, ellos son republicanos y están envanecidos.
En la entrega de los premios Carlomagno en Barcelona, el 12 de mayo de 2004, Moratinos no dejó que el rey pronunciara el discurso de clausura, lo que es preceptivo estando S.M. presente, para hacerlo él. Pero en su alocución, el recién nombrado ministro de Asuntos Exteriores, jefe de la diplomacia hispana, se dirigió al rey como “Alteza”, un tratamiento reservado al príncipe de Asturias, en lugar de “Señor”, como señala el protocolo.
En la boda de los príncipes de Asturias, el 22 de mayo, los hombres de ERC e IU, socios del Gobierno socialista de Zapatero, se negaron a asistir al enlace regio. Son republicanos y laicistas. Faltaría más. Por otro lado, la labor diplomática del Ejecutivo no impidió que se ausentaran en aquella ocasión 13 jefes de Estado, incluido el brasileño Lula da Silva, cuyos problemas de agenda no fueron un obstáculo para que recogiera muy poco antes el premio Príncipe de Asturias.
El Día de las Fuerzas Armadas, el 30 de mayo de 2004, el presidente Zapatero declinó su asistencia al acto para, según declaró, “no eclipsar” al rey. La afirmación no solo es torpe y soberbia, sino profundamente petulante desde un punto de vista histórico y político. No obstante, quizá adelantaba la encuesta sobre la Monarquía que hizo el CIS de Fernando Vallespín. Así, el día de la onomástica de S.M., el 24 de junio, el CIS socialista publicó el resultado de un estudio sobre el arraigo y la imagen de la forma monárquica. De las preguntas, que no de las respuestas, parecía desprenderse que “algunas de las cosas que dice la gente” son que la Monarquía es una “institución de origen divino” que se ha “superado desde hace tiempo”.

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