Guerra de la Independencia 2008-05-08

Un afrancesado a la izquierda

&quote&quoteEl proyecto afrancesado seguía siendo en 1808 una forma despótica de gobierno superada por las revoluciones norteamericana y francesa; y por supuesto, estaba muy atrasado respecto al proyecto liberal y nacional de las Cortes de Cádiz.
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Es enternecedor cómo la izquierda ha defendido siempre a los afrancesados, empeñándose en mostrarles como los modernizadores de un pueblo que no quiso seguir el pulso de Europa. Enternece, sí, pero no sorprende. Ayer, en El País, un novelista notable, Luciano G. Egido, reflexionaba sobre las conmemoraciones. Y soltaba en torno al Dos de Mayo una serie de tópicos que, además de fatigosos, adolecen de una enorme inexactitud. Merece la pena verlos.

El primer tópico es la consideración de los afrancesados como los únicos portadores de la modernidad, verdaderos liberales que habrían encontrado la incomprensión de un pueblo cerril, cerrado secularmente a Europa. Este lugar común serviría de prueba de la existencia de las dos Españas, la conservadora y la progresista, la cazurra y la ilustrada, en una sempiterna guerra civil. No obstante, y a despecho de ser antipático, debo señalar que el proyecto afrancesado seguía siendo en 1808 una forma despótica de gobierno superada por las revoluciones norteamericana y francesa; y por supuesto, estaba muy atrasado respecto al proyecto liberal y nacional de las Cortes de Cádiz. De hecho, muchos afrancesados fueron años después destacados y respetables conservadores borbónicos, mientras que ningún liberal de 1812 se hizo después afrancesado.

Por otro lado, en 1808 los afrancesados no podían ver en Napoleón, a menos que se engañaran, a un portador de la libertad por la sencilla razón de que era un dictador tanto en su propio país como en los países que había conquistado. Aquel corso republicano que se coronó a sí mismo emperador se hizo con el poder a través de dos golpes de Estado, y eliminó las libertades y el control a su gestión de gobierno. La tiranía movilizó militarmente el país, pero lo paralizó intelectualmente: la Francia napoleónica fue un páramo cultural en comparación con las épocas anterior y posterior porque faltó la libertad. Así lo vio incluso su hermano José, al que hizo rey de Nápoles y luego de España.

El bueno de José, que nunca reinó porque Napoleón nunca le dejó, como muy bien señaló Miguel Artola, al que cita la izquierda sin haber leído, no habría reinado en España más allá de 1815. La Europa vencedora no se lo habría permitido, como no se lo permitió a Murat, el nuevo rey napolitano. Era esa Europa de la Restauración, la de Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia, que basaba el nuevo orden internacional en las viejas fronteras, dinastías y gobiernos. Fueron los que apoyaron al infame Fernando VII en 1814, y luego en 1823 con el auxilio militar de Francia.

Aún así, la izquierda que suspira por los afrancesados dice que fue la "España castiza", que es naturalmente reaccionaria, la que puso a Fernando en el Trono a su vuelta del ignominioso retiro vacacional en Valençay. De esta manera, la progresía puede concluir con un presentismo acientífico pero chispeante: se confirmaba que la Guerra de la Independencia era un preludio de la Guerra Civil, un conflicto que, "como todo el mundo sabe", fue de cazurros contra ilustrados.

Y en este punto comienza la izquierda la letanía de la tragedia española que, para incidir más en el tópico, recurre a la imagen de Goya muriendo en el exilio. Los lugares comunes que se envuelven en el desconocimiento son peores, claro está, que los que se fundan en olvidos voluntarios (que no creo que sea el caso de Luciano G. Egido). Porque del pintor aragonés se recuerda, con cierto victimismo santificador, su final en Burdeos pero se omiten todos los años que estuvo en la corte de Carlos IV enriqueciéndose. Entonces a Goya no le repugnaron aquella ignorancia mezclada con depravación que tanto asqueó a Jovellanos, que sí se enfrentó cara a cara al despotismo, costándole la prisión. Pero Jovellanos, aquel genio asturiano que sopeso su apoyo al bando afrancesado y se decidió por el patriota es uno de los padres del liberalismo conservador en España, y, por tanto, no encaja en ese relato maniqueo y anacrónico. Pero, en fin, de qué vale la historia si el cuento da tan buenos resultados.

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