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Columna publicada el 02-12-2008
Felipe González y Alfonso Guerra salieron al balcón la noche en que las "hornadas irritantes" del Sindicato Malone, el Sindicato Ye-Yé y otros sindicatos de "piccioni" algo más inquietantes y menos musicales, llegaron a la "movida" en el otoño del 82, agarrando entrambos dos una rosa temprana, un poco obscenamente, como Cicciolina y Moana Pozzi levantaban a cuatro manos el trofeo de Rocco. Y dijeron aquello de "vamos a crear ochocientos mil puestos de trabajo".
En la práctica, fue verdad, aunque le fastidiara al llamado ABC verdadero, que siempre detectaba más gente llenando las misas que votando al PSOE. Los socialistas crearon muchos más de ochocientos mil puestos de engorde o colocaciones "ponedoras" en la función pública. Y ello, por mucho que aquellas UGT y Comisiones Obreras (las de antes de que las pillaran con las huellas en el "lingotín" de chocolate y callaran para siempre), desagradecidas, le montaran varias huelgas generales metiendo a los piquetes a poner petardos en el "Corte Inglés" para protestar por el privilegio de trabajar allí y no ser pobres ociosos liberados de algún ministerio como ellos. Contra los casi tres millones de parados de ahora, prácticamente un millón en sólo lo que llevamos de año, hay que volver a prometer otros ochocientos mil funcionatas en las diversas pero iguales administraciones. Es fácil, ¿será por puestos?
Tal vez los males de España, y de paso de Francia, se arreglarían haciéndole más caso al profesor Barea, quien piensa y sobre todo dice que los puestos de funcionario público debieran someterse a un régimen de riesgos, como todos los demás. Si no van a trabajar porque prefieren los lunes al sol con cervecita, fuera. Si se ponen malitos demasiado tiempo, que dejen de cobrar. Si moviendo papeles son más malos que la Quina Santa Catalina y aún peores que la carne de pescuezo, finiquito y ahí está la puerta. Una vida laboral no sólo se puede basar en seguir cobrando toda la eternidad los derechos de autor de una oposición tras haberla ganado.
Pero no parece que los acontecimientos vayan a ir por ahí. El poder, impotente para enfrentarse a su propia ideología y sanear, no ya las alcantarillas del Estado, sino el mismísimo salón de recibir, se propondrá recolocar a la parte de los damnificados por la crisis que están dispuestos a votarle en la colosal e imparable industria avícola de la Administración (que desde que el Estado y las autonomías son clubs de intereses para abonados sólo se administra a sí misma). Ochocientos mil nuevos puestos de trabajo, un millón, al fondo alguien ha dicho millón y medio... Pero, hombre, ¡desde cuándo va a ser problema para un Gobierno socialista emplear de forma vitalicia a la gente!
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