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Calderón y La sexta

Ouija polanquiana en el Bernabéu

Los piccioni de la mafia, o sea, los soldados de a pie o de alquiler, de lupara o Uzi en astillero, colilla, camisa de bracero y gorra en sombras, no tienen inconveniente en declararse culpables únicos de alguna fechoría porque implicar a los que les mandan tendría un inconveniente algo mayor en la reputada fábrica de pijamas de cemento de los muelles de Palermo.

Por respeto o por temor reverencial, o directamente por canguelo, que escribiría el difunto Campmany, la tropa de la cosa nostra se chupa veinte años de trena sustituyendo a los auténticos culpables porque la otra opción sólo consiste en ver crecer las margaritas desde abajo. Aquello era deferencia hacia la autoridad, cosa que hacía mucho que no vivíamos en España hasta que el presidente del Real Madrid, Ramón Calderón, ha aceptado pasar por delincuente con tal de que no se enfaden los que de verdad siguen mandando en este país, que no son los amigos de Zapatero. La opción para Calderón, si osaba desobedecer a que le endilgaran el "paquete", era más o menos la misma que para los piccioni: el pijama de cemento de la muerte civil o el ver crecer la grama del Bernabéu desde la grada. Calderón eligió la opción inteligente. Para su pellejo, que no para la imagen, honra y prez de su equipo.

Que todo un presidente del club de fútbol más mediático y poderoso del orbe, el mejor club del siglo XX, se avenga de esta forma a pasar por ser el autor de un crimen que cometen otros sin que se le mueva un músculo de esa máscara del "hombre alto" de la película Phantasma que lleva por cara da idea del terror incontrolado y sin límite que produce el Imperio, con don Jesús obrando desde el Más Allá.

Da más yuyu Polanco senior una vez que lo tienen en la Gloria del Padre que cuando estaba vivo. Claro que Juan Luis Cebrián, que está vivísimo, se encuentra para pocas bromas con las emisiones de la "cadena pelota" (y no sólo por el fútbol) y todavía hay menos cojones a negarle al Imperio algo que en tiempos del llorado editor. Aunque sean delitos. Qué decimos: sobre todo si son delitos.