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Ninguneo

ZP ya está olvidado

El único expolítico español que se ha librado de la indiferencia a la que inmediatamente sometemos a los que ya no son nada es Adolfo Suárez. Suárez, por su enfermedad, no notó el olvido a su alrededor, pero porque el que los olvidó a todos es él. Dicen que este martes, día de la Constitución, la gente daba la espalda, incluso donde ésta pierde su casto nombre, al saliente Rodríguez Zapatero para pedir la vez en el besamanos dirigido al entrante Mariano Rajoy. El poder se nota físicamente cuando de pronto tienes tres ondas centrípetas de público que te tienden la mano, como el dinero se nota en lo que escribía Manuel Vicent que era la ambición de cualquier difunto de alcurnia en Madrid, haber podido leer en el ABC que en su entierro se aparcaron rolls-royce en tercera fila. En realidad, el poder se nota antes de que lo tengas: los políticos saben que van a ganar, no porque en los cielos aparezca de pronto esa estrella resplandeciente que el articulista Julio Camba, en La rana viajera, dijo de coña que había anunciado su regreso a la Villa y Corte tras muchos años en el extranjero, sino en ese mismo momento en que los hombres de respeto en Little Italy saben que llegarán a algo en la vida: cuando una mañana hacen la compra y los tenderos del barrio insisten en regalársela.

Según este periódico, un miembro del PP, al ver a Zapatero ninguneado patéticamente en la recepción del Congreso (de repente un extraño para todos excepto para los que no han olvidado su cara en su casa a la hora de comer), dijo que esa era "la imagen final de una legislatura desastrosa". No. Es la imagen final de cualquier fin de carrera en el poder, desastrosa o maravillosa. Tendríamos la misma escenita si Zapatero hubiese dejado el país no como lo ha dejado sino con toda su población encendiendo puros habanos con billetes de quinientos euros. El poder es como un restaurante barato: no has terminado y ya te están echando. El teléfono deja de sonar incluso cuando debería aún sonar, porque el ninguneado aún es Presidente. Se tiene tanta prisa por apestillar la atención del nuevo poderoso que no dan ni tiempo a que se vaya el viejo, como esas plañideras griegas que se llevan las pertenencias del muerto cuando aún no ha expirado. Ocurre lo mismo eternamente, incluso cuando el final del poderoso a veces no es tal final o es un falso final. Recuerdo el caso paradigmático del mismísimo Rajoy. Cuando Aznar hizo descender sobre él su dedo pentecostal, a Rajoy le gritaban presidente, presidente, y había tortas para poder saludarle. Tras fracasar en las elecciones, le seguían gritando con el mismo entusiasmo presidente, presidente, pero yo ya pude tirarme tres horas de reloj tomándome cañas con él en un bar público sin que casi se acercase nadie. Ahora, otra vez hay que acercarse a pedirle un autógrafo con pala excavadora.

No tener el poder no es que desgaste, como decía Andreotti, sino que te desmaterializa hasta la invisibilidad. El día en que Zapatero sugirió que no se subsumía en el retiro de León sino que se quedaba en el centro de Madrid me eché las manos a la cabeza. Un suicida, pensé. La gente lo seguirá todos los días hasta su casa, haciéndole pitar los oídos. Pero Zapatero confía, acertadamente, en la mala memoria del público. Habrá una sola razón, aunque fundamental, por la que dejarán de insultar a Zapatero por la calle: pronto lo confundirán con un antiguo presentador de concurso de pasapalabra. Su cara les sonará de algo ("su carácter no me es desconocido", dicen en mi pueblo, en viejo y hermoso castellano), pero pocos serán capaces de situarlo. Perder el poder es lo que tiene: dos semanas de no salir en la tele y ya nadie reconocerá en la cola del pan al hombre que nos ha dejado en la miseria ya para lo que nos quede. 

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