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"Ista, ista, ista, Zapatero feminista", le coreaban las diputadas socialistas en el Congreso. Zapatero, que se sentía en su salsa, pronunció su típico discursi, en el que defendió la infame Ley de Igualdad. ¡Qué ridículo! Es verdad que tengo un sentido de la vergüenza ajena demasiado sensible, pero la falta de decoro de esta gente resulta hiriente.
La malhadada ley es un compendio de la hética socialista, así, con h, que sin ella la desconocen. Propone sustituir la realidad por sus fantasías, con el método poco imaginativo de imponer cuotas por sexos en este u otro lugar que se les antoja; principalmente en los altos cargos de la administración, las listas electorales y los consejos de administración de las empresas.
Por descontado que la ley es sexista. En lugar de considerar que el sexo es una cualidad más de cada una de las personas, y que todas ellas, independientemente de ésta u otras cualidades que puedan tener, han de ser iguales ante la ley, nos definen a cada uno por ese aspecto de nuestra personalidad, dándole una importancia que no tiene. No la tiene para el trabajo, es decir; no para el desarrollo profesional o para la actividad que cada uno decida que debe ser su principal ocupación. Sí para las relaciones personales, y claro está que no siempre. Además de sexista resulta discriminatoria, ya que literalmente impone una discriminación en función del sexo.
Es arbitraria, además, porque igual que nos quiere discriminar en función de nuestro sexo, también podría hacerlo en función de nuestra raza, con lo que además de sexista sería racista. ¿Qué tiene de malo el racismo que no lo tenga el sexismo? ¿Qué tiene de especial el sexo para que al Gobierno le parezca bien utilizarlo para discriminar y fijar cuotas, que no lo tenga la raza? ¿Qué tiene este apartheid sexual de bueno? Y es contradictoria con otras políticas de este Gobierno, que por un lado desdibuja un hecho natural, como que cada uno tenga un sexo, permitiendo que cada cual lo cambie en el DNI a voluntad, mientras por otro le da una relevancia para la vida laboral que no tiene.
La dignidad de cada individuo está en gran medida al carácter único de cada cual. No ya en sus cualidades personales, sino en sus aspiraciones y deseos, en sus oportunidades vitales, en el encuentro con miles de otras personas tan únicas como él. Reducir esa variedad al sexo es de un obtuso chocante.
Luego, cada cual se busca la vida como le da la gana. Tiene que ser así, y no de otra manera. Y que la realidad refleje esa variedad personal ni nos debe sorprender ni es un hecho malo por sí. ¿Qué en ciertos puestos se ven menos mujeres que hombres? No es asunto del Gobierno; y si es el resultado de la libre elección de cada uno, nadie es quién para decidir que debiera haber sido de otro modo.
Además criminaliza comportamientos normales, y le permitirá al Gobierno perseguir a tal o cual empresa con esta excusa. Desde beber vino a fumar, pasando por anunciar hamburguesas o contratar hombres nos convierte ahora en un fuera de la ley, cada cosa que hacemos normalmente nos hace vulnerables frente al poder. Lo del feminismo no es más que una fachada para su ideología de poder.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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