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Desde la cofa

El Jueves

Quienes hemos leído a Miguel Mihura, a Jardiel Poncela y a Tono, quienes nos reímos con los números desempolvados de La Codorniz y hemos pasado noches enteras disfrutando del absurdo de Gomaespuma, sabemos que el humor tiene a la inteligencia como su mejor aliado. Pero como la genialidad y el ingenio son huidizos y caprichosos, no todo el mundo está tocado por ellos. Y como ganas de reír no le faltan al público, lo que sí sobran son quienes recurren a la zafiedad y a la maldad para arrancar las peores sonrisas. Miren, si no, El Jueves, la revista que se secuestra los viernes, como decía el gran editorial de esta casa. La portada de la polémica es tan cutre como la de cualquier otro número. El contenido no es mejor. Si el buen gusto fuera ley, estaría prohibida.

Pero ni lo zafio, ni lo burdo, ni lo inmoral son argumentos para prohibir nada. Ni siquiera el mal gusto. Incluso la cursilería entra dentro de la ley, como demuestra el hecho de que ZP no esté cumpliendo cadena perpetua. Una sociedad libre no tiene más remedio que convivir con lo inicuo, lo indecoroso, lo inmoral. Mientras no ataques los derechos de los demás y sea con uno mismo o con otros de forma consensuada, no hay lugar para la prohibición.

Pero ¿tiene uno derecho a la buena fama? En absoluto. La opinión que los demás tengan de uno sólo le pertenece a ellos y puede ser tan buena o mala como les plazca, y por supuesto que tienen todo el derecho a expresarla libremente. El delito de difamación, uno más de la larga lista de crímenes sin víctima, fue instaurado en España por tres generales: Narváez, Primo de Rivera y Franco. Los socialistas, que odian la libertad de expresión casi más que cualquier otra, quisieron recuperarlo en plena cleptocracia felipista, pero prefirieron guardarse ese as para una ocasión más propicia. Reaparecerá.

Como todos somos desiguales ante la ley (los impuestos son Ley, le recuerdo), parece que no tenga que escandalizar que la legislación arrogue a la Corona el privilegio de poner los instrumentos del Estado a la protección de su prestigio (el Estado, siempre tan eficaz, por cierto, ha multiplicado el mal). Pero sí, es muy injusto. La Corona tiene todavía suficiente buena fama en España como para dilapidarla por arrobas, como hace nuestro Jefe de Estado. Secuestrar libelos no le ayudará a mantener su prestigio, pero sí le sería de ayuda mostrar un poco de firmeza en la defensa de lo que queda de nuestra Constitución y de nuestra democracia, hoy en peligro.

Este ataque a la libertad de expresión le ha granjeado defensores entre sus más firmes enemigos: Los mismos que callaron cuando otros fueron instrumento de su propia intolerancia, con las caricaturas de Mahoma; los mismos que miraron a otro lado, por no mostrar su satisfacción, cuando la COPE recibía el acoso más vil contra un medio de comunicación en España. Sus incondicionales seguimos siendo pocos.