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Columna publicada el 03-07-2005
Si algo da cuenta de la enorme distancia entre la izquierda y la ética social, es su insistencia en la desigualdad. A falta de otros baremos éticos, el de la igualdad de resultados es el centro, el vértice de su discurso ético, la fundamentación para sus propuestas y políticas, y la base de su crítica social. Quizás sea por la fuerza de la repetición sin cuento, ya que no por el poder de sus razones; pero lo cierto es que el señuelo de la igualdad de resultados ha atraído no solo a toda la izquierda, sino también a gran parte de la derecha, que debería hacérselo mirar.
Uno de los valores tradicionales del liberalismo es la igualdad; pero no de los resultados, sino ante la ley. La plena e igual libertad de todos, máxima expresión del ideal liberal, no puede acabar en la terrorífica igualdad que pretende la izquierda; nuestras diferencias personales, nuestra caprichosa y cambiante voluntad de aprovechar las oportunidades con que nos tropezamos, o que creamos nosotros mismos, la misma suerte, son incompatibles en una sociedad libre con unos resultados parejos. La única igualdad posible es aquella con que nos tratan las leyes.
Los liberales no somos envidiosos, así que el que unos tengan más y otros menos no nos importa. Lo único que debe preocuparnos es la pobreza, la carencia de medios para salir adelante. Como con tanta palabrería sobre la pobreza nunca está de más recordar lo obvio, citaré al economista Thomas Sowell, quien recordó que “la riqueza es lo único que puede curar la pobreza”. Pero la riqueza hay que crearla, y el único camino para ello es la libertad. Como ésta no se deja controlar ni dirigir, sus resultados siempre serán dispares y llevarán a una sociedad diversa y desigual; cambiante e impredecible. Todo lo que un socialista teme con toda su alma.
Estos días se habla mucho de hacer de la pobreza historia. En Estados Unidos prácticamente lo han conseguido. Pero eso no satisface a nuestros socialistas, que ponen a dicho país como ejemplo de todos los males porque la desigualdad económica es allí mucho mayor que en Europa. Y las estadísticas le dan aparentemente la razón. Solo que generalmente se les interpreta muy mal, porque lo que señalan los indicadores de desigualdad no es tanto esta última como el grado en que una persona puede progresar.
Esto es así porque los quintiles en que se divide la sociedad, de menor a mayor renta, dividen también la sociedad de menor a mayor edad. De modo que el quintil con menor renta es también el más joven y el de mayor renta el de mayor edad. Esto lo demostró un informe que siguió las rentas en los Estados Unidos de un grupo de personas en 1975 y en 1991. En sólo 16 años, el 62,5% de quienes estaban en 1975 en el primer quintil, el de menor renta, pasaron a los dos últimos. Y eso que la carrera profesional no es de 16 años, sino habitualmente de más del doble. Un estudio que hubiera cubierto 30 años mostraría que el recorrido por los cinco quintiles es lo más habitual. Y puesto que la diferencia entre el primer y último quintil mide la diferencia entre los sueldos de la juventud y los de la madurez, una mayor diferencia en los Estados Unidos lo que prueba es que allí se progresa más que en Europa. La lucha contra la desigualdad es en realidad una lucha contra el progreso personal y social.
Aún hay algo que se suele escapar. Y es que para luchar “contra la desigualdad” no vale la institución que las permite, el libre mercado. Tiene que realizarse desde el Estado, y para ello necesita aumentar sus poderes. Y como la desigualdad nunca remite, “necesita” más y más poderes. Esta concentración del poder no ayuda a aumentar la igualdad, sino todo lo contrario, a aumentarla, ya que el poder político se encarga de distribuir no de ricos a pobres sino de grupos desorganizados, el ciudadano común, a grupos organizados. Que no tienen por qué ser, necesariamente, los menos afortunados.
De modo que la lucha contra la desigualdad acaba aumentándola, crea injusticias y lo único contra lo que lucha es contra la libertad y el progreso. Luchemos contra la pobreza, que sí es un problema real.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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