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Columna publicada el 05-02-2006
George Bush, quizás en un gesto de deferencia con Zapatero, ha dicho esta semana una bobada solemne. Ha declarado que su país es “adicto al petróleo”, por lo que ha propuesto una Iniciativa Energética Avanzada con ideas tan peregrinas como reducir en un 75 por ciento el petróleo procedente de Oriente Medio o apostar por las energías renovables como sustitutas del oro negro. Ha sido una de las partes de su discurso sobre el Estado de la Unión que más interés ha despertado.
Hablar de la adicción al petróleo es una tontería. Ese país, como el nuestro, consume petróleo porque es una forma barata de producir la energía que sustenta una actividad social y económica florecientes. La conveniencia en el consumo de petróleo se basa en algo real: lo que nos da a cambio de lo que nos cuesta. Y es un buen negocio. Renunciar a algo que nos hace mucho bien es perfectamente absurdo, y confundir el consumo razonable y provechoso de un recurso con la adicción es una idiotez.
En estos momentos la demanda de petróleo crece a buen ritmo, sin que la capacidad de extracción y refino, que están en máximos, pueda seguirla. A consecuencia de ello, su precio está muy alto; notablemente por encima de los en torno a 20 dólares que ronda con un mercado ordenado. Los beneficios de las petroleras, muy altos, se destinan en ampliar la capacidad actual de producción, lo que se empezará a notar en un par de años. Si el precio del líquido negro se mantiene por encima de los 30 dólares de forma estable, comienza a ser rentable la explotación del aceite de esquisto bituminoso (oil shale), del que se pueden extraer en torno a un billón de barriles en el río Orinoco, y 1,8 billones en el río Athabasca. Las reservas de Arabia Saudita, para hacernos una idea, son de unos 0,26 billones. Es decir, que el petróleo va a seguir alimentando el desarrollo económico por muchas décadas.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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