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Columna publicada el 12-03-2006
La muerte de Slobodan Milosevic nos ha dejado a muchos con las ganas de verle ante un tribunal. Finalmente lo ha logrado burlar, parece, suicidándose. Nada le resta responsabilidad criminal a este hombre, pero también podríamos plantearnos cuál fue la actuación de la ONU y la OTAN en Srebrenica. Crearon varias “zonas seguras”, en la que concentraron, para luego abandonar miserablemente a su suerte, a la población civil masacrada por las fuerzas serbio-bosnias. La ONU se mantuvo “neutral”, en estricta observancia de su posición moral frente al genocidio; una neutralidad aséptica e hipócrita.
Milosevic, como Fidel Castro y otros, es la prueba de que la caída del muro de Berlín fue una gran victoria, pero de una guerra que jamás puede ser definitiva. Milosevic encarna dos ideologías que siguen teniendo un apoyo importante entre nosotros: el socialismo y el nacionalismo; dos ideologías de poder. De poder absoluto. No son las únicas. Se llamó a sí mismo “el Ayatolá Jomeini de Serbia”, lo que le habría debido ganar un puesto de honor en la alianza de civilizaciones de Zapatero.
El problema aquí es el del genocidio. Se produce, como todo lo que hacemos, por causa de las ideas. Las malas ideas. La de que tenemos derecho de disponer de la vida ajena o de los derechos de los demás en aras de un mayor bien: la independencia nacional, la expansión territorial, el socialismo, la igualdad material... El genocidio es la aplicación práctica de la ética consecuencialista que es el núcleo del socialismo: la realidad no nos gusta, y la queremos cambiar por otra cosa, un fin que todo lo justifica.
Pero el problema del genocidio es también el de cómo detenerlo. Luchar contra socialismos y nacionalismos es necesario, pero insuficientes cuando van a caer sobre la población civil con todas sus consecuencias. Como comprobamos una y otra vez, y las guerras de Yugoslavia son solo un ejemplo más, la comunidad internacional actúa a favor de las sociedades civiles sólo en ocasiones y cuando lo hace, generalmente es tarde. Por eso es importante que la sociedad tenga medios efectivos para detener el arrase. Y no puede hacerlo cuando está materialmente indefensa, desarmada.
Los grandes genocidios del siglo XX han estado precedidos de desarmes de la población. Hitler, que tenía interés en facilitarse el trabajo, observó que “el error más tonto que podríamos cometer sería permitir a las razas sometidas la posesión de armas. La historia demuestra que todos los conquistadores que han permitido a las razas sometidas la tenencia de armas estaban preparando su caída al hacerlo. De hecho, iría tan lejos como para afirmar que proveer de armas a los perdedores es condición sine qua non para el derrocamiento de toda soberanía”. Finalmente, perdió la guerra. Pero nosotros no hemos ganado todas las conclusiones que debiéramos de ella.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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