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Llamar "progenitor A y B" al padre y la madre respectivamente es el perfecto ejemplo de cómo el Gobierno quiere disolver la realidad para sustituirla con memeces progres. En la misma línea, el Gobierno de Rodríguez, Jesús Caldera mediante, ha aprobado una malhadada Ley de Igualdad, con la que quiere sustituir una realidad que no le gusta por otra en la que la distinta presencia de hombres y mujeres no sea mayor a una relación 60-40. Lo hace, en teoría, para acabar con lo que llama discriminación y que es el resultado de la libre elección de cada uno. Y para acabar con las diferencias y la diversidad real toma medidas que sí son discriminatorias. Discriminar en nombre de la igualdad es una de esas distorsiones orwellianas tan propias de nuestro socialismo.
Más allá de los grandes números, que pudieran sugerir una realidad discriminatoria hacia las mujeres, lo que hay que observar son las decisiones y los comportamientos reales de las personas sobre su vida. Por ejemplo, el matrimonio y los hijos tienen una impronta sobre la vida laboral de las personas que es opuesta si es mujer u hombre. Mientras que ellos trabajan más horas tras haberse casado o con cada hijo, el caso de las mujeres es exactamente el contrario. Prefieren dedicar una mayor parte de su tiempo a la casa. La experiencia laboral de la mujer tiene más interrupciones que la del hombre, que suelen coincidir con los primeros años de sus hijos. Este Gobierno puede despreciar las decisiones reales de los españoles, e intentar cambiarlas por decreto; pero lógicamente la gente se resiste y tiende a hacer lo que considera más conveniente dentro de sus posibilidades.
Por ejemplo. En previsión de que en algún momento de su vida decidirán abandonar total o parcialmente el mercado de trabajo por un tiempo, las mujeres eligen con mayor frecuencia que los hombres carreras profesionales en las que la pérdida de productividad por haber estado sin trabajar es menor. Suelen evitar los trabajos que requieren una preparación más específica y actualizada, o una dedicación continuada, que quedan prácticamente en manos de hombres. Y entre las mujeres que los eligen no abundan las que están casadas y tienen hijos. Muchos de estos trabajos tienen una remuneración por encima de la media. Por otro lado, Thomas Sowell ha observado que en su país, en 1971 (antes de que comenzaran las políticas de discriminación positiva), las diferencias en remuneración entre hombres y mujeres solteros y sin hijos que habían desarrollado sus carreras sin interrupciones desde al menos los 25 años, prácticamente desaparecían.
Vamos, que lo que el Gobierno considera discriminación no es más que nuestras vidas, como las queremos y las elegimos. Mientras nos deje el Gobierno. Pero esta ley es algo más que otro intento de Rodríguez de hacer de nuestra sociedad lo que a él le pete. Como la ley del tabaco, poner fuera de la ley comportamientos habituales y que son decisiones de cada uno sobre sus propias vidas, le otorga al Gobierno un enorme poder de control social. En el caso de la Ley de Igualdad, para que nada se le escape, cuando se produzca una denuncia el acusado será culpable hasta que no demuestre lo contrario. Otra distorsión orwelliana: convertir a todos en potenciales culpables en nombre de la justicia.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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