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Los republicanos, llevados por la pesada mano de George W. Bush, están dejando los principios en un oscuro rincón del armario. El colmo es que hayan propuesto y aprobado una ley que, para colar una rebaja de impuestos a las sucesiones, se hace perdonar con una subida del salario mínimo. Tenían que haber explicado lo injusto que es ese impuesto, pero les han faltado arrestos, porque lo que no tienen es principios desde los que defender la eliminación del postrer robo estatal, que a uno no le dejan de rapiñar ni en la tumba. En cambio se quieren hacer perdonar incluyendo en la ley una subida del salario mínimo.
Quién sabe si, con Bush fuera de la Casa Blanca, el Partido Republicano puede volver a ser reaganita. Pero los liberales de ambos hemisferios no podemos tener mayor confianza en el Partido Demócrata. Los progres de aquí les han adoptado como elemento de resistencia en territorio enemigo, y hacen bien porque en más de una ocasión comparten miserias. Los demócratas son grandes defensores del salario mínimo, que tiene todos los elementos para que el progresismo sin fronteras lo tenga entre sus bagatelas intelectuales y morales. Atenta contra la libertad de empresarios y trabajadores, que no pueden acordar un salario que convenga a ambos, y daña a los jóvenes y en especial a los más pobres. Ellos no pueden generar una renta por encima del salario mínimo y quedan expulsados del mercado laboral, condenados al paro o a la ilegalidad, con consecuencias sociales muy duras.
Los inmigrantes, con una menor formación que los naturales del país, son a quienes más afecta esta medida antisocial. Ellos lo saben. Los progresistas, digo. En su época dorada, muchos progres estadounidenses eran profundamente racistas. Un reciente estudio revela que varios de ellos vieron en el salario mínimo un instrumento ideal para la eugenesia social, ya que dejaba a mujeres y negros fuera del mercado laboral. El mismo autor dice en otro artículo que "muchos economistas reformistas promovieron una legislación de inmigración y de empleo restrictiva por sus beneficios eugenésicos: eliminar a los biológicamente inferiores de la fuerza de empleo, seguía el argumento, reduciría el 'suicidio racial' y elevaría los salarios de los trabajadores superiores, que lo merecerían".
Era otra época, se puede decir, y el ideal eugenésico tenía entonces un atractivo que no tiene ahora, que ha de ponerse otros ropajes, como el del "progreso científico", para salir adelante. Pero como hay cosas que no cambian, esto de proponer el salario mínimo para expulsar a los inmigrantes del mercado laboral ha reaparecido esta misma semana en un artículo escrito por dos demócratas en The New York Times, órgano del progrerío mundial. Michael Dukakis y Daniel Mitchell se dan cuenta de que "millones de inmigrantes ilegales trabajan por salarios mínimos e incluso submínimos en puestos de trabajo que no están cerca de cumplir los estándares de salud y seguridad". Si los expulsamos de la legalidad subiendo el salario mínimo e imponiendo otras regulaciones, no tendrán nada que hacer y nos dejarán sitio a... nosotros, ya sabe usted. Los naturales "trabajarán en empleos que sean arriesgados, sucios o penosos en la medida en que se paguen con salarios y condiciones de trabajo decentes", es decir, por encima del salario mínimo. Los inmigrantes a la calle y los naturales en sus antiguos puestos de trabajo. No es que sean obtusos en la comprensión de las consecuencias sociales del salario mínimo. Es que las conocen y se valen de ellas para sus objetivos de progreso.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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