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Columna publicada el 24-06-2004
Paul Krugman es una de las estrellas del New York Times, donde escribe con regularidad bisemanal. Es uno de los economistas más conocidos, que ha dado el salto a la crítica política desde las páginas del veterano diario. Ha escrito más de veinte libros y numerosos artículos, a caballo entre los de contenido científico y los de divulgación. La Fundación Príncipe de Asturias acaba de otorgarle el premio que lleva su nombre en la categoría de Ciencias Sociales. ¿Cuáles son los méritos de este economista para recibir tan gran honor? Principalmente el que no ha mencionado el vocal del jurado; ser un claro, firme, incansable enemigo de George W. Bush. ¿Pero acaso no tiene el señor Krugman otros méritos que hayan sido tenidos en cuenta por el jurado?
Decía Churchill que si se preguntaba la opinión a cuatro economistas, le daban cinco distintas y dos eran de Keynes. Algo parecido ocurre con Krugman, que ha estado a favor y en contra de las limitaciones al comercio internacional, materia en la que ha forjado en gran parte su fama como economista. Y eso que, como ha reconocido, no había leído a Bertil Ohlin hasta recientemente. Al lector lego en economía el nombre del sueco no le dirá mucho, pero en teoría del comercio internacional ha dado lugar a un modelo, desarrollado a partir de las ideas de su profesor Eli Hecksher, que es uno de los instrumentos de análisis más conocidos en esa materia.
Con un agujero como ese, no resulta tan chocante que Krugman haya afirmado, sin ambages, que la teoría del ciclo de Hayek y Schumpeter no se sostiene, cuando dichas teorías son antitéticas. Mientras que el primero se centra en la influencia de factores monetarios, el segundo se refiere en exclusiva a la ruptura del equilibrio por los empresarios. En particular, sobre el primero dijo que “si alguien preguntara cuáles han sido los principales aportes realizados por Hayek para entender cómo funciona el mundo, uno no sabría qué decir”. Y es cierto, no sabría, como acabamos de ver.
El dinero, en sus escritos, es una magnitud más de la que podemos manejar su cantidad a discreción del experto economista. Pero el dinero no es una magnitud homogénea, es un bien que tiene la cualidad de la liquidez, de mantener el valor en los intercambios, incluso cuando se hace en grandes cantidades. Y esa cualidad, ausente en la economía de Krugman aunque no sólo en la suya, no la tienen todos los distintos bienes que llamamos dinero por igual, por lo que se escapa al mecánico tratamiento del análisis macroeconómico. Esa falta de comprensión de lo que es el dinero le permite afirmar que si hay una recesión económica, la solución es sencilla, bajen ustedes los tipos de interés. La vieja receta del dinero barato.
En materia de comercio internacional su análisis también resulta algo grueso, porque parece para él que el comercio se realice entre naciones, y no entre individuos. Aunque haya elementos nacionales que deben ser tomados en cuenta en el análisis, como las monedas, una visión de este tipo pierde de vista a los protagonistas del comercio, que son los que realizan compras, inversiones, transferencias.
Una de las ideas que ha defendido el economista es que los recortes de impuestos benefician a los ricos. La idea puede resultar atractiva, sencilla, casi evidente para cualquier persona, pero un economista debería tener más cuidado a la hora de hacer afirmaciones de ese tipo. Krugman, además, lo tiene más fácil, porque le hubiera bastado observar la experiencia de su país, que sin contar con la rebajas de impuestos de Bush había pasado por tres anteriores con idénticos resultados; las de Andrew Mellon en los 20’, John F. Kennedy en los 60’ y Ronald Reagan en los 80’. En las tres, como cuenta Daniel J. Mitchell, se produjeron los siguientes efectos: aumento de la recaudación en términos reales y aumento de la contribución relativa de las personas más adineradas.
Su desconfianza sobre la autorregulación del mercado es tan clara como su confianza en que un buen experto puede señalar con el dedo las imperfecciones del mercado y descubrir no solo su causa sino su remedio. Como ejemplo valga su crítica a, como no, George W. Bush por no imponer precios máximos a la energía en la crisis energética que asoló no hace mucho a California. La propuesta no puede calificarse de original, porque hay muestras históricas de esta medida de hace cuarenta siglos. Tiempo más que suficiente como para observar sus perniciosos efectos sin una sola excepción, predichos además por la propia teoría económica. Pero es que además uno de los objetivos, el único que cumplió el plan energético de ese Estado, fue el de eliminar la especulación precisamente por medio de controles de precios. En 1996 las antiguas regulaciones fueron sustituidas por otras nuevas. Pese a que la nueva iniciativa se vendió como una desregulación, lo que imponía era todo lo contrario, precios fijados por el Estado de California, con las terribles consecuencias que conocemos. Krugman se quedó con la palabra con que se vendieron las nuevas medidas pero no con su contenido, lo que le permite achacar la crisis a la desregulación, y no a los controles de precios, que por otro lado él propone como solución.
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